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Vivencias / Parientes en evolución

Vivencias / Parientes en evolución

Según Charles Darwin, las especies y particularmente lo que ahora nos ocupa, los humanos, estamos en constante evolución y en ello influye profundamente el medio ambiente, las circunstancias y la obligante necesidad en su selección y adaptación, generando en consecuencia un roce entre el contacto foráneo contra la formación tribal de todas sus costumbres.

En mi estancia por el estado Amazonas, me convertí en observante de algunas de esas diferencias entre gente que vive en la naturalidad de la selva o cercana a ella y los que se mueven por la pista asfáltica entre las barras de hierro y el concreto.

El ambiente natural que aún conserva el estado Amazonas, se debe disfrutar a plenitud, traté de introducirme en su cautivante y monótona paz, degusté de su gastronomía, la cordialidad de su gente, de sus monumentos y sitios de esparcimiento.

Respirar aire puro todos los días, contagiarme con la brisa y el aroma que emana la tierra no contaminada, percibir agradables sonidos confundidos con el variante trinar de aves desconocidas, es algo irrepetible; almorzar en “La Pusana”, satisfacerse de alimentos exóticos y únicos como el jugo de túpiro, una fruta única del Amazonas; o el chivé, a base de agua mañoco y miel; participar en el proceso del pilado de la manaca para obtener la harina y luego en la comida acompañarla de una payara asada envuelta en hojas de plátano, eso no tiene precio. Compartir con la cordialidad y a la vez natural y desconfiada actitud de nuestros parientes, conocerlos en profundidad para percatarse de su esquivo comportamiento, eso es inolvidable.

No se puede ir al Amazonas venezolano sin visitar, por lo menos en la capital del estado, la “La Casita de la Piedra”, la comunidad de “Pintao” y sus petroglifos, “La Piedra de la Tortuga”, tomarse unas cervezas en El Muelle, o en “Las Topias”; y por nada del mundo, dejar de darse un descanso a orillas de esos ríos en alguno de los balnearios, “Pozo Azul”, o “La Culebra’, o “Los Márquez”, etc.; mucho menos el cinco estrellas como lo es “El Tobogán de la Selva”.

Los gobiernos y sus políticas de asistencia social a nuestros aborígenes, les han construido viviendas para sustituir sus precarios bohíos o chozas, sin embargo a pesar de lo cómodo y funcional de las construcciones, la fuerza de la tradición ancestral retrasa esa adaptación y continúan utilizando las muevas casas como depósito o graneros, mientras los parientes y el resto del grupo familiar persisten en realizar sus quehaceres y durmiendo en sus chozas de palma, es su hábitat, es un proceso que requiere deslindar su costumbre tribal por otra que debería habituarse poco a poco. Ellos no aceptan, por ejemplo, que las viviendas tengan los baños, sanitarios y cocina en la misma edificación.

En Amazonas se utilizan mucho los bongos o curiaras como medio de transporte en la red de ríos que sirven como autopistas y carreteras entre una y otra comunidad o zona, así como conglomerados de “gente civilizada”, aunque en poblaciones más grandes como en la capital del estado, los bongos o curiaras, le sirven solo para llegar hasta allí, después, muy poco o nada, por lo que esta carencia o necesidad de movilidad, los obliga a utilizar los taxis.

Los parientes siempre han recibido sus subsidios, pero en esta época se incrementaron con la práctica del alcohólico bebedor: “poquito pero seguido”, por esa razón dos y tres veces al mes deben asistir a las entidades bancarias a hacer efectivo los respectivos “bonos”.

Como en todas por partes del país, aquí todos los bancos amanecen con larguísimas colas de parientes esperando que comiencen las operaciones para hacer efectivo sus bonos, después de cobrar, con una velocidad asombrosa acompañado de una botella de “caña”, empieza a manifestarse la jumera y ya, con la borrachera de compañera, comienzan a solicitar servicios de taxis para retornar a sus comunidades.

El taxista se detiene, y enseguida el pariente introduce el brazo en el vehículo para constatar si tiene aire acondicionado, si no tiene, le dice al taxista: -¡siga, siga, yo quiere brisa fría!, ¡yo quiere brisa fría!-, los taxis sin aire acondicionado son utilizados por los parientes solo cuando están escasos y en carreras cortas, en el perímetro urbano.

En fin, así las cosas, el pariente demuestra que también le gusta y se adapta rápido a la evolución de las vainas buenas.

En una oportunidad que debo trasladarme hasta el puerto de Samariapo, la más remota comunidad que se puede llegar por carretera asfaltada, observo a la altura de la comunidad de “Garcitas”, que un grupo de personas corría en dirección al río. Es la vía de entrada a un hotel y campamento vacacional frente a los raudales del río Orinoco.

La curiosidad me intriga y entonces le pregunto a un pariente: -¿Que pasó, por qué corren todos hacia allá?-, me contesta agitado, -¡Unos que se ahogaron en un bongo que se trambucó y los están sacando…!

Siempre estoy de asomado, giro el volante, cruzo la vía y me dirijo al sitio, me estaciono y camino de prisa hasta la orilla donde está la gente aglomerada, trato de abrirme paso hasta donde tienen a un pariente acorralado a la vez que lo insultan con rabia y deseos manifiesto de linchamiento.

-¡Por qué coño no trataste de salvar al niño primero, si podías hacerlo!-

-¡Te dedicaste a recuperar el motor y dejaste que el muchacho se ahogara!-

Gritos, insultos, más gritos y más insultos.

Parece que el pariente en el bongo y su hijo, chocaron con una piedra, el bongo se trambucó y el pariente en vez de auxiliar al muchacho, se empeñó en rescatar el motor de la embarcación, gracias a que cercano al sitio del percance se encontraba un grupo de parientes vecinos que auxiliaron y rescataron al muchacho evitando que se ahogara.

Continúan los gritos, insultos, los deseos manifiestos de darle una paliza al pariente, fuertes y repetidas mentadas y los infaltables HDP. La repetida pregunta: ¿Por qué te ocupaste de recuperar el motor y dejaste que el muchacho se ahogara?, una y otra vez hasta que el pariente nervioso por las continuas amenazas respondió una frase que me dejó como a Condorito: -¡Motor yo no sé hacé, muchacho yo se hacé! –

Indudablemente que un motor fuera de borda en esa zona tiene su indiscutible valor, pero que el pariente pretenda justificar su actitud es como inaceptable a nuestra formación, aunque se pudiera entender que la cultura ancestral tiene sus propios valores, sin embargo, hay cosas en la vida que la ciencia ni la tecnología en su afán evolutivo podrá quitarnos, como es el placer de continuar haciendo gente en la forma más tradicional, ¿o no?

Twitter @nunez_centeno

Foto Wataniba.

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