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Sangre en el viento

Sangre en el viento

En cualquier país con un gobierno decente la regla es la vida y la excepción la muerte. Pero en Venezuela es al revés: la regla es la muerte y la excepción la vida. La gente muere porque no hay motivos para no morir. Muere a manos de la delincuencia o de los cuerpos de seguridad por igual. Muere de mengua como esos dos ancianos cuyos cadáveres fueron hallados en San Agustín, Caracas, o por comer en la basura como un hombre pobre de solemnidad y sus dos hijos en Anzoátegui.

La gente muere de coronavirus, como los médicos puestos a enfrentar la pandemia sin los equipos de bioseguridad adecuados. Muere de cáncer o por falta de diálisis en hospitales que están en terapia intensiva. Muere de día y muere de noche, a toda hora. Con una frialdad escalofriante los trabajadores apilan los cadáveres en las morgues como si estuviéramos en una guerra cruenta, interminable.

Nos estamos acostumbrando a la muerte como si estuviéramos parados en un charco de sangre, mientras en los labios del jerarca del régimen cabalgan palabras rimbombantes, escatológicas, preñadas de indolencia y de insolencia.

Como si en lugar de un país estuviéramos en una selva sin ley, donde el derecho se ha torcido y le ha dado al poder la facultad de hacer lo que le venga en gana sin responder por sus actos desmedidos, altisonantes, lombrosianos, con la complicidad de todo el Estado en su conjunto.

Los países que se acostumbran a la muerte no tienen vida y paso a paso van perdiendo los sentimientos y la solidaridad porque cada quien lucha por lo suyo en un “sálvese quien pueda” que al final no hará sino acabar con todos nosotros, lo que notamos al no perturbarnos ni indignarnos ante las penurias de nuestros compatriotas en países xenófobos donde los tratan como desechos humanos. Y al no conmovernos siquiera ante la indefensión de los niños inocentes echados a un mundo de sufrimiento instaurado para ellos por un sistema de gobierno que es la más macabra forma de muerte que existe.

Quizás por eso, porque vivimos en un síndrome de Estocolmo permanente con el régimen, nos hemos convertido en zombis adulantes incapaces de reaccionar ante la destrucción apocalíptica del país, sin servicios públicos, sin gasolina, sin salarios  decentes… sin vida.

Mientras hay quienes sólo piensan en unas elecciones que no buscan sino cambiar las cosas para que todo siga igual. Entonces a lo mejor la culpa es de todos nosotros que nos dejamos hacer como mansos corderitos, y de nadie más. A lo mejor a la hora de buscar al enemigo deberíamos auscultarnos en nosotros mismos.

Hay sangre en el viento que nos salpica, mientras la muerte nos arropa, inmisericorde.

Por eso he dejado de leer las redes sociales por temor a encontrarme de pronto con la noticia de mi propia muerte.

¡Qué vaina!, ¿no?

Twitter: @alexisrosasr

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