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Raíces del municipio Monagas / José Manuel Villarroel: el indio Suárez, astucia y secreto de cazador sagaz

Raíces del municipio Monagas / José Manuel Villarroel: el indio Suárez, astucia y secreto de cazador sagaz

San Diego de Cabrutica.- La huella del hombre en la vida por muy profunda que sea, es apenas una marca indeleble en todo el espacio del universo. Cada huella distingue a cada hombre de los demás y lo hace diseño de su propia historia. No es el trabajo que se ejerza o la profesión que se tenga o el rito que se profese lo que distingue y lo que se hará relevante, sino la forma en que se haya asumido como causa de vida para que marque la huella que nos identificara al fragor de los tiempos. Cada ser humano, en término general hombre mujer, ser humano en fin,  es una civilización a plenitud, sea letrado o no, blanco, negro, pardo, etc.,  porque en sí, cada quien  lleva sus convicciones a cuestas, nadie piensa y se manifiesta exactamente igual a otro por mucha coincidencia que haya.

     Con estas reflexiones tratamos de acercarnos un poco a lo que pudieran ser los intrínsecos  caminos por donde el indio Suárez  fue dejando sus huellas en su mítico mundo de cazador sagaz. No era para él otras actividades las que irían a dejar marcada su vida como la de cazador. No había, ni aún lo hay, nada que en él despierte tanta pasión como la de considerarse un excelente cazador de animales  silvestres. Esa es su huella de vida y lo expresa con denuedo, con sabor, con vitalidad de lo que eso significa dentro de la realidad de su mundo.

    No aprendió a leer ni a escribir números, pero sí a tomar medidas. Sí a delinear los medios que  desde muy pequeño le permitieran hacerse de los requerimientos para sobrevivir en un mundo hostil y de apremios, bajo el protectorado de quienes le criaron bajo un régimen de dureza y limitaciones en medio de la abundancia y la riqueza. Donde muchas veces tuvo que tomar a escondidas el papelón de la alacena para satisfacer los embates del hambre en las frías madrugadas de ordeño en los corrales de hato Jengibral.  Sin embargo, recuerda con afecto a su padrino Santos Orsini, de quien dice le estará eternamente agradecido, lo ayudó a formase un hombre de reciedumbre y constancia.

     Los montes de los ríos Quebradón, Cabrutica, San Diego y las quebradas de Mereyal, La Danta, Guatire y Jengibral son fieles testigos de sus andanzas en noches oscuras o en días lluviosos en busca del momento exacto en que el animal se cruce en su camino para darle el zarpazo certero y convertirlo en alimento para la familia al calor del  hogar. Iguales testigos fueron las lagunas de El Yaguazo, Corralito, Bajo Grande, y un sin fin de cabeceras y calcetas de montes  que lo vieron pasar sigiloso, con un morral terciado, oteando cada rincón de sabana donde el venado sale para aliviarse de las plagas del monte.

     Sentado serenamente al frente de la vieja y derruida casa de bahareque, estaba José Manuel Villaroel Suárez, quien es conocido popularmente como “el Indio Suárez”. Allí cerca estaban unas máquinas que están realizando actualmente unos trabajos en la vía  y las dejan a su cuido. Nos indicó que se sentía complacido de que lo visitáramos.  Al igual que algunas de las personas con las que hemos tenido la oportunidad de dialogar para este trabajo, nos trajo la cédula para identificar la fecha de nacimiento y determinar la edad. Allí se indica que nació el 10 de agosto de 1930, próximamente cumplirá 81 años de vida (de estar habría cumplido 91 años). El manifiesta que su lugar de nacimiento fue el caserío Caña Amarga, jurisdicción de la parroquia San Diego de Cabrutica. Su compañera de vida fue Andrea Ramona Matute con quien procreó 12 hijos de los cuales 2 han muerto. Dice “el Indio Suárez”, que tiene 42 nietos y bisnietos apenas tiene uno.

     Le pedimos que nos hablara de sus tiempos de muchacho: -Yo cuando muchacho vivía en Jengibral, donde le hacía compañía a don Santos Orsini y a doña Petra Gimón de Orsini. Ahí me crié como becerrero, arriaba los becerros y amansaba los burros, y las bestias y muchas vacas parías. Pero hablando de cuando muchacho yo pasé mucho trabajo, me acostaba tarde y a las tres de la madrugada si me quedaba dormido me echaban agua para que me parara, yo dormía en un chinchorrito. Mire, pasé trabajo. No era fácil, Yo le robaba el papelón a doña Petra porque no me daban nada. Una vez me descubrió y me castigó, luego comiéndome un papelón entero, me lo comí pero de arrastra. Doña Petra tenía una sirvienta que se llamaba Gertrudis que le robaba la leche y entonces la vieja la descubrió y no le dijo nada, sino que le hechó piñón a la leche y le dio a Gertrudis y a esa mujer le dio una gran diarrea. El compai Olivares (Juan) fue mi compañero como becerrero. Una vez hice una travesura y me mandaron a agarrar con Juan Pedro, Dionisio López  y otros muchachos y les eché diente y no me pudieron agarrar.

¿Después de becerrero?    

     -Después de becerrero fui ordeñador y luego el mayordomo general de hato Jengiblal. Cuando me fui de Jengibral ya era un hombre y me dediqué a trabajar la agricultura y ya era cazador- se ríe cuando dice esto y luego acota –es bueno que se sepa, porque yo era cazador. Después trabajé por ahí en otros hatos que me buscaban como mayordomo. Trabajé en tres hatos más como mayordomo, en Magdaleno del compai Crisanto Ortega, en Corozal Balcero del finado “Musiú” Moreno. Trabajé mucho tiempo en Corozal Balcero y después vine y fui a Palmichal a cuidarle al Dr. Biaggi. Después de esto me vine  e hice casa en Las Maticas donde trabajé la agricultura y me dedique a la caza.

 ¿Cómo era la cacería para ese entonces?

-Bastante cacería había en ese entonces, todavía hay pero ahora son muy mañosas. Yo cacé mucho venao, báquiro, cachicamo, acure y hasta conejos. Yo no engañaba a los animales, salía a cazar y regresaba con cacería. Salía era a buscar la comida. También cacé chigüires.

 ¿Es verdad que “el Indio Suárez” tenía secretos para la cacería?

  El secreto del “Indio Suárez” para cazar era el interés y la voluntad. Cazaba no era para negocio, era para darle de comer a la familia y alguna vez llegaba a vender era para comprar comida. Yo sé tengo mi secreto, pero no lo revelo todavía, sólo cuando ya vea que voy a morir le digo, lo revelo a alguno de los muchachos. Lo que pasa es que la cacería tiene su lenguaje, pero eso es secreto.

¿Qué tiempo viviste en Las Maticas? 

-10 años estuve viviendo en Las Maticas, de allí me vine para este sitio donde vivo ahora, aquí en Punta de Cerro, así le pusimos a este sitio, y, bueno, aquí me moriré. Aquí murió mi doña. Ella murió aquí, en Punta de Cerro. Estuvimos juntos 53 años hasta que ella murió.

Háblanos de algunos recuerdos de la cacería.  

-Yo salía para el monte a buscar cacería y regresaba con ella, por eso era que la gente decía que yo tenía secretos y malas mañas para la cacería. Yo le decía a la doña: voy a buscar un venado y lo traía; voy a buscar un cachicamo y lo traía; voy a buscar una lapa y la traía; salía a buscar un morrocoy y lo traía. A veces la doña me decía en esta Semana Santa no tenemos morrocoy y yo le decía: no se preocupe y salía y traía dos o tres morrocoyes. Los muchachos no salieron muy buenos cazadores. Bueno, hay uno que más o menos. Yo no desperdiciaba concha, animal que tiraba me lo traía para la casa. Yo maté siete leones, cuatro eran barreteados y tres eran leones colorados. Los perros los encaramaban y yo los tiraba.

 ¿Cómo es mejor cazar de noche o de día? 

-Para mí era igual cazar de noche que de día, el animal que encontraba se iba conmigo. Nunca o casi nunca se me fueron animales heridos y si alguno se me iba herido lo buscaba luego al día siguiente con los perros. Tenía dos perros muy buenos, esos bichos eran unas insorias (palabra de su lenguaje coloquial), tenía que volar un animal para que ellos no lo agarraran. Uno se llamaba “Tigre” y el otro “Balcino”. Esos perros eran muy buenos. Esos perros eran verracos, de verdad. Para cochino eran excelentes, los encerraban o los agarraban dentro del morichal.

¿Quién era tu compañero de caza?, ¿tenías alguno?

-Valentín Rodríguez, a quien llamaba “Tingo”, fue uno de mis compañeros de cacería. -¡Carajo! ese hombre era experto para la cacería, ese fue un compañero.

¿Pero también le metes a la carpintería y la artesanía?

-Como todo campesino. Después que me vine pa’ Punta de Cerro, ya mis hijos estaban mayorcitos, la mayoría criados, me dediqué a atender el conuco y en las horas de descanso me dedicaba a hacer piezas de madera: tranqueros de madera para portones de corrales, botes para queseras, canoas para bebederos, pilones y manos de pilón y hacia utensilios más pequeños para la cocina: tenedores, cucharas, paletas. De esos trabajos que he hecho de madera se han ido a muchas partes a: Santa María de Ipire, a Zuata, a Uverito, a Mapire, a Ciudad Bolívar. A los Battisti le hice botes grandes, a Jesús Rafael Battisti le hice dos botes buenos, en Medanito a los Gimón les hice tres botes buenos y una cerca.

¿En general cómo consideras que ha sido tu vida?

-Mi vida siempre fue trabajando, donde me buscaban para trabajar iba y me ganaba el pan, para que mi doña no pasara trabajo y todavía trabajo, claro ya no con la fuerza de antes. Me da pena que mis hijos no salieran muy bregadores. Yo fui hombre de trabajo duro. Toda mi vida ha sido trabajando.

¿Qué sabes del ánima del Quebradón?

-Yo recuerdo que contaban, que unos hombres que andaban sabaneando lo encontraron a la orilla del río Quebradón, se llamaba Juan Rodríguez, allí estaba, comiéndose unos cambures y le preguntaron: ¿qué hace allí, amigo?, y él hombre les contestó: aquí, comiéndome estos cambures.  Y a los tres días después lo encontraron muerto, y que le picaron los colgaderos y lo enterraron ahí. Allí lo bañaba el río,  y luego el señor Pedro Battisti tenía un hijo que se llamaba Jonás y estaba enfermo y él le pidió de rodillas que si su hijo se curaba, él le iba sacar de allí donde no le pasara el río y Jonás Battisti, sanó y don Pedro entonces hizo sacar  los restos y lo enterraron donde está actualmente. Había un señor de Mapire, llamado Sebastián Ochoa, él  le pidió que si pegaba un cuadro de caballos, le iba a hacer un panteón y el hombre pegó el cuadro y compró un carro y le hizo el panteón y la capillita. Santiago Sánchez, de Uverito, también le pidió que pegara un cuadro de caballos y se le concedió. A esa ánima va mucha gente que le ha pedido cosas y se le han concedido.

¿Quién vivió antes en Guatire?

-En Guatire vivió Salamón Belisario que vivía con doña Rosario (Córdova), eso quedó después en manos de José Leal y finalmente cuando este se mató, doña Rosario vendió eso a los Gimón. Ella vendió todo y se fue a Pariaguán.

Hombre de colcha y cobija

-Yo conozco todas esas cabeceras de ríos y todas esa tierras de Jengibral, soy hombre de colcha y cobija y así viejo como estoy, se me ofrece una gira y la doy completita.

¿Tienes alguna ayuda social? 

-No tengo pensión de ningún tipo. ¿Ud. no puede ayudarme con eso, si puede ayudarme me avisa? Siempre me han pedido fotocopia de la cédula, incluso gente de la alcaldía y nada, ya me resigné que sea lo que Dios quiera. Aquí seguiré esperando a ver.

 Ya entrada la noche,  nos despedimos de este viejo roble, que se quedó pensativo recostado a uno de los tranqueros hechos por él mismo, musitando en la oscuridad ya que no disfruta del servicio de luz eléctrica.

          Nota: Entrevista realizada en Punta de Cerro, Guatire, junio de 2011.

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