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Raíces del Municipio Monagas / Francisco Ibarra: recordando la rudeza de un tiempo lejano

Raíces del Municipio Monagas / Francisco Ibarra: recordando la rudeza de un tiempo lejano

San Diego de Cabrutica.– Todos, desde el mismo acto amoroso de la concepción, empezamos una batalla; vamos batallando  para que la vida pueda tener su lógica. La existencia sería una circunstancia inerte, sin motivos, sin valoración, si  todas las cosas se lograsen  sin la necesidad de enfrentar  circunstancias adversas, sin la necesaria lucha que fortalece el espíritu y provee las ansías de alcanzar la victoria.

   Y de esas circunstancias que hacen del hombre un hombre, de la rudeza propia de una época, de un tiempo en que la vida no era moderna, ni la tecnología facilita los oficios, de eso sabe y conoce Francisco Ibarra, un hombre que llegó al mundo apenas se iniciaba la tercera década del siglo pasado, cuando para ganarse un espacio había que vencer el miedo y decirle sí al camino para poder avanzar.

   Era ya casi de noche cuando llegamos a su casa, lateral al cementerio en la calle El Desvío de San Diego de Cabrutica. Lo encontramos desprevenido, pero muy dispuesto. Estaba en compañía de sus hijas Vianis, Sobeida, Gricedys, su yerna Gladys Donatti y varios de sus nietos. Lo abordamos y le explicamos el motivo de la visita, lo que significó  alegría para hijas.

  Nació Francisco Ibarra el 11 de mayo de 1920, en un campo denominado El Roble, ubicado al noroeste del municipio José Gregorio Monagas, en jurisdicción de San Diego de Cabrutica. Fueron sus padres Juana Gisela Ibarra y José Isabel Camacho, ambos naturales de sitios aledaños a San Diego. Dice que su padre nació en un sitio llamado El Macizo cerca de El Moriche donde había un hato. De sus abuelos recuerda a Feliciano Matos abuelo paterno y a Luis Maradei, abuelo por parte de madre. Al momento no recuerda el nombre de su abuela y se queda pensando y de pronto dice: –Sebastiana Ibarra, ella era de Aribí-. Comenta que el abuelo Maradei era de nacionalidad italiana y agrega: –Ellos fueron fundadores de San Diego.

  Francisco Ibarra tiene 8 hijos, de ellos 7 fueron con su esposa Teresa Pino de Ibarra, ya fallecida. 13 nietos donde hasta ahora sólo hay una hembra y está en espera de un bisnieto.

  Cuando le preguntamos sobre su niñez, se ríe, y pregunta a su vez, -¿qué quiere que le explique? ¿Quiere que le dé detalles? Le voy a contar cuáles eran los juegos que practicábamos y que nos ponía mi papá a jugar con unos muchachos que llamaban los López, un juego que denominaban el “juego del tigre”,  jugábamos por las noches temprano, el juego consistía en que uno se escondía y el tigre que generalmente era José López, salía  cazar y cuando encontraba a uno le caía encima y así. Otro juego era que hacíamos unas carretas con ruedas de palo, de carretoliendo (árbol de madera blanda) y nos montábamos y se alaban unos con otros a ver quién corría más y en el día a trabajar porque mi papá trabajaba conuco y desde que uno estaba pequeñito, a uno le hacían con los machetes viejos y gastados unos macheticos cortos para que ayudara en el conuco.

  ¿Cómo era ese sitio donde tú naciste?

  -Era un campo muy bueno para la siembra y para la cría, eso ahorita ya no debe quedar nada y las tierras no deben ser las mismas.

 ¿Cuándo adolescente?

  -Cuando yo tenía como 15 años mis padres fundaron El Carmelo, le pusieron ese nombre porque así se llamaba un fundo de los padres de mis abuelos paternos y él le vendió a mis padres y por eso le pusieron El Carmelo. Esos tatarabuelos míos eran unos musiús (extranjeros) de apellido Matos, pero yo no los conocí.

  ¿Cuál era el trabajo  en El Carmelo?

  -Puro trabajo de llano, ya no se trabajaba agricultura como cuando estábamos en El Roble, atenderle al ganado, en el invierno  sólo se ordeñaban tres meses . Yo así como Ud. me ve, yo les cuento a los muchachos y ellos no creen ahora. Uno trabajaba con el barro a la rodilla y más arriba de las rodillas algunas veces, en ese entonces se pagaba un bolívar al que fuera muy buen obrero. Los obreros antes, cuando el sol salía ya tenían el machete bien amolado, lo amolaban con piedra ¡piedra de amolar! En estos campos para ese tiempo no se conocía pico, ni palín, ni chicurón, nada de eso,  pura chícura para abrir huecos. Cuando yo muchacho me mandaba mi papá con un hombre llamado Gregorito con 8 burros cargados de algodón, eso era a pie para Pariaguán. Había una desmotadora de los Amparan, allí por donde están los chinos ahorita cerca de la plaza Bolívar. Y, en esa esquina donde está el negocio de Vitterio, ahí había una tienda grande. Allí era que se surtía mi papá, él compraba la tela y mi mamá hacía la ropa.

   ¿Por qué se fueron ustedes de El Carmelo?

  -Allí, en El Carmelo, se produjo un capital grande, bastante ganado,  comparado con lo que mi papá tenía, que era casi nada,  y cuando ya yo tenía como 20 años, mi papá nos decía que nos iba a legitimar y nada, éramos Ignacio (Ignacio Ibarra ya fallecido) y yo, y como él no nos reconocía, nosotros decidimos irnos. No recuerdo en qué tiempo fue exactamente. Lo cierto es que buscamos un carro que vino de Pariaguán y nos llevó a Zaraza por 50 bolívares. Nos llevamos a mi mamá con nosotros y dejamos solo a mí papá, él era muy jembrero (mujeriego) y ella sufría por eso. Una vez en El Carmelo llegó un hombre de San Fernando de Apure y estuvo un tiempo trabajando con mi papá y decía que por Apure había mucho ganado y nos entusiasmaba.

   ¿Qué iban hacer en Zaraza?

  -Nos fuimos para Zaraza, la idea inicial era irnos para Apure, pero allá en Zaraza estaba un hombre llamado Emilio Zais, él tenía un ganado al tercio con mi papá. Emilio nos preguntó por qué nos habíamos ido  y le echamos el cuento y un señor que estaba allí nos dijo que en Las Mercedes del Llano, había un sismógrafo y estaban reportando gente, y nos fuimos para allá. En Las Mercedes alquilamos una casita por 10 bolívares el mes. La compañía estaba en Roblecito. Ignacio consiguió trabajo en la compañía y yo no.

   ¿A qué te dedicaste entonces si no conseguiste trabajo?

  -En Las Mercedes había un negocio que se llamaba La Rochela y allí había una vitrola (instrumento de música que suena mediante una manilla). Y como mi mamá tenía un dinero, de un ganadito que le vendió a mi papá; era un ganado que ella había logrado de cuando estábamos en El Roble, que era una parada de arrieros de toda esa zona,  y las vacas que parían durante la estadía, a ella le regalaban el becerrito y ella los criaba dándoles leche. Entonces, cuando nos fuimos,  le vendimos  a mi papá ese ganadito a 20 bolívares las vacas y a 5 bolívares el año de ganado por becerros  o novillas y eso alcanzó a 3.000 bolívares; con eso nos fuimos  y allá compramos ese negocio de La Rochela por 800 bolívares. Era una casa de palma. Estuvimos un tiempo allí trabajando. Un hombre que trabajaba en un hato llamado Palenque y siempre iba a tomar a La Rochela, me preguntó que de dónde era yo, y me dijo que Palenque era un hato de mucho ganado y me fui con él, me dieron una silla y un freno para que yo agarrara el caballo que quisiera y cada quien pa’ la sabana a trabajar. Allí se encerraba al ganado, se herraba y se capaba a los bichos machos.

   ¿Y después?

  -Después del año me retiré porque me reporté en la compañía y por mi esmero en el trabajo y la responsabilidad, el caporal me llamaba el catire vergatario, pero una vez iban a limpiar las calles de Las Mercedes y yo le dije al caporal que no iba a hacer eso y me reportó con el jefe y él dijo: “¿si te mandamos a ti de caporal vas? y le dije que sí y me asignaron 12 hombres y yo como caporal.

  ¿Cuándo te viniste de nuevo a San Diego?

  -No recuerdo muy bien, lo cierto es que nos vinimos fue a Pariaguán y monté un espacio en el mercadito y vendía carne, tres reces diario se vendían  allí. Pariaguán estaba creciendo y se estaba formando El Bajo y allí donde está la panadería de El Bajo, cerca de la china, allí había una bomba de gasolina y por casualidad pegué un cuadro de caballos de 60.000 bolívares y puse un negocio cerca de donde estaba la bomba. Luego estuve un tiempo vendiendo ganado en un carro que compré, viajaba por Cumaná y me vine por aquí a comerciar porque en Pariaguán me habían robado ya dos veces, entonces en el camión me vine a vender por el costo Orinoco, compraba y vendía.

  ¿Y definitivamente paraste en tu tierra?

  -Primero compre a Guatire, puse allí un negocio que lo atendía  Carlos Ibarra, luego compre ahí en Quebradón, cuando eso no había carretera, era una trilla la vía, allí en Quebradón también monté un negocio y trabajé agricultura en esos montes. Ahí, en el río Quebradón no había puente, los pocos carros que lograban pasar lo hacían por debajo, por el río. Luego hicieron la carretera de granza y el puente de tablas y uno de los carros que pasaba era el de Rafael Octavio que cargaba pasajero de Mapire a Pariaguán.

    ¿Cuándo te uniste a Teresa Pino?

  -Cuando estaba en Quebradón, fue que me uní a Teresa, ella vivía en La Torta.

     ¿Qué tipo de negocios tenías allí, en Quebradón?

    -Vendía víveres y vendía cerveza.

       ¿Qué sabes del ánima del Quebradón?

  -Me han dicho que se trataba de esas personas que iban a Guayana a comprar sarrapia y él se vino enfermo de El Caura, con fiebre, y se quedó a dormir  allí en la orilla del río y ahí lo encontraron muerto y le picaron los colgaderos y enterraron allí mismo.

     ¿Tú fundaste el negocio de El Almendrón en San Diego?

  -Cuando vivía en Quebradón, que hicieron la carretera de granza, eso antes era plano y luego al hacer la carretera, hicieron una zanja y quedó un barranco y por eso me vine a San Diego.

   ¿Por qué El Almendrón?

  -Compré una casa en la esquina de la plaza, la casa era de palma y yo la mejoré, la puse de zinc y lo de El Almendrón es porque en la esquina  había una mata grande de almendrón. Por medio del mocho Julio Camejo, conseguí una licencia para vender aguardiente, se la compró a una señora de El Tigre en 1.200 bolívares. Puse el negocio en sociedad con el mocho Julio y él no quería que Teresa entrara al negocio y yo aclaré eso con él y le propuse venderle mi parte y después que inventariamos, él me propuso que yo le comprara su parte y me la vendió. Allí teníamos venta de víveres, de cerveza, de licores y restaurán.  Con eso criamos a los muchachos y yo agradezco a este pueblo que siempre nos ha apoyado y por eso yo siempre agradezco al pueblo de San Diego de Cabrutica, su hospitalidad. Casi todos mis hijos son profesionales y todo gracias a ese  negocio y al pueblo.

   ¿Es verdad que fuiste prefecto de San Diego?

  -Yo fui prefecto, creo que durante el gobierno de Leoni. Fui presidente de la junta parroquial también.

    ¿Algunos amigos que recuerdes?

  -Pedro Luis Intriago, Crisanto Ortega, Percy Pinto, Francisco Parra, Pulido Villarroel, Amadeo Ibarra, Pedro Castro, Manuel Chirinos, Platón, yo le entregué el cargo de prefecto a Platón.

     ¿Cómo te sientes actualmente? 

  -De salud me siento bien, pero la vista no está buena, casi no veo. Veo el bulto de forma neblinosa. Yo te veo, pero no te distingo claramente. Me operaron y no pasó nada, quedé igual y cara esa operación.

   ¿Qué deseas para San Diego?

  Para San Diego, bueno, agradecido de este pueblo. Lo que deseo es que se acabe la inseguridad que existe. Ya uno no puede ni trabajar; lo que trabajas tienes que andar muy pendiente. Y si tienes unos realitos te andan lanchando para quitártelos. Hay mucha inseguridad. Uno siempre quiere lo bueno.

   Nota: Francisco Ibarra murió centenario en Ciudad Bolívar en el año 2020.

   Entrevista realizada EN San Diego de Cabrutica, noviembre 2011.

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