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Raíces del municipio José Gregorio Monagas: / GILBERTO RODRÍGUEZ: Con la vida hecha fe profunda en Dios

Raíces del municipio José Gregorio Monagas: / GILBERTO RODRÍGUEZ: Con la vida hecha fe profunda en Dios

Definitivamente, pudiéramos decir que la vida es un molde por donde van fluyendo los pasos; eso pasos que a veces pueden cambiar de dirección, o apresurarse, o ir más lentos, tomar derroteros espinosos, o pedregosos  caminos con horizontes de esperanza, a pie pelado, o a buen calzado, pero en definitiva, cualquiera sea el rumbo por donde fluyan los pasos  siempre estarán dentro de la vida  que cada uno le toque vivir, que de hecho no estará exento de las determinaciones que tome a cada paso que dé.

De esta manera intentamos muy sutilmente acercarnos un poco a lo que nos pareció encontrar en esta conversación que a media mañana sostuvimos con Gilberto Rodríguez, sobre todo, cuando nos dijo con la paz serena del rostro, en ese momento de la palabra, de cómo llegó a ser policía por casi toda la vida. “fue en el conuco que le dije a mi esposa, cuando ella me ayudaba a limpiar las siembras, teniendo el niño acostado en un chinchorro colgado de un estante y le dije, ya estoy cansado de tanto trabajar así, me voy a meter a policía”. En ese momento, cuando evocó ese recuerdo, parecía decir que allí di el paso definitivo  a lo que iba a ser mi vida.

Nació Gilberto Rodríguez en el caserío Cañaveral, jurisdicción de San Diego de Cabrutica, el 15 de febrero de 1946. Allí también fue su crianza,  en la dura faena del trabajo campestre. “Me levanté trabajando agricultura”. Hijo de Cruz María Rodríguez natural de Cañaveral  y de Genaro Cárima natural de Las Flores, cercana a la población de Zuata. De sus abuelos dice que por parte de madre eran Ramona Rodríguez  y Víctor Ramón Camejo, por parte de padre Juana Cárima y Lorenzo Bravo quienes vivían en el fundo Mereyal. Tiene 7 hijos de los cuales 4 son varones, todos procreados con Ana Lucía Hernández de Rodríguez (ya fallecida) quien era nativa del caserío Los Pilones parroquia Zuata.

   Háblame de Gilberto Rodríguez en la vida de niño.

-De mi niñez yo recuerdo que de muy pequeño trabajaba la agricultura y como era pequeñito, me daban un machetico, un tocón como dicen y me ponían delante a “hecervar”, y como antes uno no se gobernaba hasta que no cumplía los 18 años yo salía a trabajar con el Sr. Ernesto Hernández  en el hato Botijón, me pagaban 2 bolívares, pero yo no cobraba, el que cobraba era mi papá. Yo estudié hasta 3er, grado.

    ¿Y después de la mayoría de edad?

-Después cuando cumplí los 18 años me inscribí para ir al cuartel. Pagué 2 años de Servicio Militar Obligatorio, en La Infantería, en Caín. Bueno pague el Servicio en ese tiempo eran 6 meses continuos de entrenamiento. Eso era candela a los 6 meses me juramentaron y me enviaron al Batallón Rafael Urdaneta en Puerto Cabello. Infantería de Marina.

     ¿Y cuándo saliste?

-Cuando salí de baja, volví al campo donde mismo vivía a trabajar agricultura, de nuevo  en el conuco.

     ¿Háblame de esos tiempos?

-Mira Javier, yo recuerdo un refresco en ese entonces valía medio y una Coca cola  un real, en el campo nunca faltaba un conuco y una majada. Las verduras  se perdían: topocho, yuca, ocumo. No había quien comprara porque todo el mundo producía, había comida, todos tenían.  Un kilo de fríjol costaba un  real, una torta de cazabe un real, un papelón un bolívar, una panela tres reales.

     ¿Conociste un sitio llamado Calvareño?

-Sí, porque yo vivía en Caña Amarga, pero andaba todos esos sitios, Calvareño, Río Claro, eso pertenece a Zuata, allí en Río Claro vivía un señor llamado Martín Ledezma, era uno de esos hombres que tenían maneras, vivía en el propio Río Claro. En Caña Amarga y que había un médico yerbatero pero no lo conocí.

       ¿Recuerdas algunas personas de Calvareño?

-Allí conocí a Eudoro Parababí. Ya Calvareño no existe queda una sola casa por esos lados de esa gente de donde es Juan Ramírez.  En ese entonces eran dos casas las que existían allí.

      ¿Conociste a un curandero llamado Santos Maestre que vivía en esa zona?

  –Conocí a Santos Maestre  era hijo de un señor llamado Juan Crisoto a quien también conocí, y de Santos Maestre, bueno, la gente iba allá a buscar remedios y dicen que se curaban, yo nunca me hice remedios de él,  y se ríe. También conocí a otro médico curandero llamado José Antonio Pérez, conocido como el maestro Pérez, vivía en Zuata. Ya  murió.

     ¿Es verdad que fuiste amigo de Benito Ríos?

-Lo conocí mucho, compañero de tragos, mira te cuento que una vez había una fiesta en La Bombita y entonces la tía Teresa Femayor, que fue mi madre de crianza y mi hermana Margarita  iban para la fiesta y me iban a dejar a mi solo en la casa, pero ya yo había hablado con Benito, el me dijo que me llevaría para las fiestas. Ellas se fueron y mi hermana iba montada en el  anca del caballo. Benito las dejó que ellas salieran, yo me quedé observándolas con la puerta entreabierta y me fui apareado del caballo de Benito y me levantó y me montó en el anca del caballo de él e íbamos detrás de ellas. Benito llevaba una botella de ron, iba bebiendo por el camino y me iba dando. Cuando llegamos a la fiesta, yo fui el primero que me bajé y mi mamá se sorprendió y me dijo ¡muchacho! ¿Por qué te viniste? Y Benito le dijo: déjelo tranquilo. Yo andaba sin camisa con un pantalón con tiro y pechera.

    ¿Y después?

 -Pasé la noche parrandeando y en la mañana cuando mi mamá se vino yo me vine también y después que Benito se fue, mi mamá me llamó y me dijo: Mire vamos a arreglar cuentas y me castigo, que mejor no le cuento, me chaparrearon bien chaparreao, con la palabra esa: ¡para que no lo vuelva a hacer!

     ¿Trabajaste el llano?

-Yo no trabajé mucho llano, sí trabajé pero poco. La última vez que trabajé llano era para hacer los reales para irme al cuartel. Me acuerdo que uno le caían esos palos de agua en el lomo, como yo no cargaba con que cubrirme.

     ¿Qué me dices de las parrandas en esos tiempos?

-Yo era muy parrandero, donde sonaba una cuerda, allá estábamos. La carterita de ron costaba tres reales, íbamos a esas fiestas en burro, a pie, en bicicleta,

      ¿Alguna vez te han salido muertos o aparecidos?

 -No, nunca, pero sí he oído decir que salía muerto o espanto, a veces es para asustar a uno, dicen en el paso tal o en tal sitio sale un espanto, pero eso es más que todo para asustar y la gente va pendiente cuando pasa por allí y cualquier cosa le asusta.  Antes en esos campos cuando se moría alguien lo llevaban a Zuata a enterrarlo. Eso era, lo metían en un chinchorro y lo guindaban de una vara y lo llevaban en el hombro y cuando llegaban a un paso de río o de quebrada, quienes lo llevaban pegaban un grito y si alguien vivía o estaba alrededor ya sabía si era un grito de muerto o de enfermo. De esa forma si era de muerto decían  viene una hamaca.

  ¿Cómo fue que llegaste a policía?

-Bueno una noche estuve pensando y le dije a mi esposa que estaba cansado de trabajar agricultura  y un día, cuando me llevó la comida al conuco, ya teníamos al primer hijo, se llama Gilberto también, actualmente es sargento mayor de la Guardia Nacional, ella llevaba un chinchorro y lo colgaba de un árbol y de un estante de la cerca del conuco para acostar al niño y mientras yo trabajaba y el niño dormía ella también me ayudaba a limpiar la siembra con el machete. Entonces yo le dije, tanto trabajar agricultura y no tener nada, me voy a ir a la policía. Yo soñé que andaba uniformado de policía y vine y me presenté en el comando de San Diego, allí me dijeron que tenía que ir a El  Tigre. Me hicieron un pequeño examen y después ingresé a la Policía Metropolitana. De allí para acá me convertí en policía.

    ¿Qué grado alcanzaste en la policía?

-Alcancé el grado de sargento primero, presté servicios en El Tigre, Pariaguán, Zuata, Mapire, Santa Cruz de Orinoco, Santa Clara y San Diego de Cabrutica.

      ¿Alguna vez metiste preso a Benito Ríos?

-No recuerdo, él siempre buscaba formas de que lo metieran preso, pero yo particularmente no lo hice.

       ¿Algunas anécdotas de Benito Ríos?

-Una vez, Benito Ríos en el mismo caserío donde vivíamos  había un señor llamado Víctor Abrahán que era jugador de gallos y en una oportunidad se le pierden unos gallos. Benito se los había escondido en un chaparral con el pico amarrado con teipe para que no cantaran. Se corrió el comentario que se le habían perdido los gallos a Abrahán. Entonces Abrahán dijo “el que me robó mis gallos / debe ser un mapurite o un rabo pelao / que se robó el gallo mío / y tuerto  de mi cuñao; / el que robó mi gallo no sabe que yo era brujo/ porque yo conozco el mío / tuerto, cenizo y papujo”. Después Benito los soltó. En otra oportunidad Benito, que siempre andaba tomando, y yo no sé si se quedó dormido allí, lo cierto es que se quedó dormido en el camino;  ¡ay! cuando se despertó ya los zamuros le estaban dando vueltas y les dijo “Aves  de pluma negra / de pico largo y gacho/ yo no estoy muerto / lo que estoy es borracho”.

    ¿San Diego en tu memoria?

-En el año 75 San Diego todavía era un pueblo pequeñito, en ese tiempo yo era el último que vivía por esta calle Pinto Salinas, ahora vea, cómo hay casas por todas partes, ahora vivo en pleno centro.  Y si me pongo a contarle del pueblo le hablaría de tantas personas mayores. Como Don Enrique Sánchez, Vacay, de tu abuelo Rafael Malavé, hombre de grandes trabajos y cañaverales, tanta gente que no terminaríamos hoy.

    ¿Cómo llegaste al evangelio?

-Yo tengo unos 36 años en el evangelio pentecostal. Cuando yo vivía en el sistema mundano, era muy camorrero, me echaba peas grandísimas y le faltaba el respeto a la gente. Pero Dios me rescató y bueno soy feliz, me siento bien. Tengo una familia, ese es el mejor regalo que Dios le puede dar a un padre, ver a sus hijos grandes.

   Nota: Esta entrevista fue realizada en San Diego de Cabrutica abril de 2012. 

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