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Política chicharronera

Decir pues que la política está en crisis constituye una auténtica y crecida verdad. Sin embargo, detrás de dicha afirmación suelen plantearse algunas preguntas. Formuladas sobre adverbios o pronombres interrogativos (qué, quién, cómo, dónde, por qué  y cuándo), estos pueden enfatizar cada respuesta asomada a dicho respecto.

Así pues, se buscará una respuesta envolvente que considere el mayor número de pronombres interrogativos a los fines de entrelazar ideas, con consideraciones y condiciones propias de la dinámica política.

De modo que afirmar que “la política está en crisis”, podría obedecer a distintas razones. Pero luce válido intentar una respuesta construida por el lado de lo que representa la política “chicharronera”. O sea una política desinflada y extraviada. Desinflada, por cuanto la falta de un liderazgo idóneo ha estrechado sus ámbitos de acción y expansión. Extraviada, dado que perdió el rumbo de lo que señala el concepto de política. Sobre todo, de aquel que exalta el pluralismo como el terreno sobre el cual se desarrolla su actuación.

En consecuencia, cabe admitir que la política se derrumbó. Tanto que sus operadores, indistintamente del nivel jerárquico que ocupen en la estructura político-partidista, se han visto derrotados por causas que no lograron controlar o manejar.

La gestión política ha caído abatida por la incertidumbre. Entendida esta como la incógnita que está fuera de lugar en la ecuación política. Por tanto, no ha podido resolverse. Cada día transcurrido se engorrona aún más el problema.

¿Qué complicó la política?

En el entramado que la política -en su desorden- ha creado, se han encontrado problemas de desvío conceptual, doctrinario y procedimental. Asimismo, conflictos provocados por incongruencias, inconsistencias y contradicciones que afectan disposiciones, organización y coordinación. Igualmente, hay burocratismo, sectarismo, hermetismo y amiguismo. Y desde luego, corrupción, complicidad para delinquir, así como un espasmódico fanatismo que no conduce a nada.

La ausencia de formación política, sumada a la depravación que alimenta el poder concentrado, afectó el principio de la política de convertirse en referente de educación, decencia, transparencia, tolerancia, respeto y solidaridad.

Y lo peor de todo es que no hay excepción, por mínima que sea, que pueda justificar la salvación de algún bando político. Ningún movimiento o partido político puede escapar de verse señalado o acusado como factor movilizador y motivador de la crisis que padece el ejercicio de la política.

En el caso venezolano, la historia de la política contemporánea ha sido una recopilación de episodios que muestran una endémica sucesión de abusos. Unos cometidos por intereses mampuestos. Otros, perpetrados por forjamiento inducido. Por consiguiente, el Estado ha ocupado casi todo los espacios correspondientes a la sociedad y a la economía.

Podría decirse que nada queda fuera de tan grotesca aberración que protagoniza el Estado a través del gobierno. Y ello a su vez, mediante el ejercicio de la política. Es entonces cuando la política se vuelve un solo revoltijo de hechos que transgreden la moralidad y dignidad de las personas. De igual forma, transponen atribuciones legales con el único propósito de concentrar el mayor número de asuntos imaginables de poder en la sociedad.

Casi nada tiene fuerza propia para eludir el complicado juego de interacciones que la política busca relajar. Particularmente, cuando incita conflictos entre posturas y decisiones propias de la movilidad del ser humano en el contexto de sus valores políticos, económicos y sociales.

Es ahí cuando el ejercicio de la política invalida o execra a cualquier actor que ponga al descubierto sus más soterradas y oscuras ambiciones. O para enquistarse en el poder, o para aniquilar a quien contraríe su ideología política.

Por otra parte, se tiene que el discurso proferido en nombre de la política, se convirtió en un peligroso punto de inflexión. De ello se valen quienes ejercen la política (con cuestionada legitimidad), para exhortar el alcance de términos como “libertad”, “igualdad”, “revolución”, “democracia”. Y es justo en ese terreno donde todo comienza a transformarse en un fatídico juego por el poder. Aunque dicho juego es temerario como aventura. Muchos quieren participar sin siquiera conocer algo sobre teoría política o teoría social. Mucho menos sobre teoría económica.

Sin embargo, tan perverso juego está a disposición de cualquiera. Sin que tenga idea cuándo se gana, o cuándo se pierde. O de su normativa. Es la razón por la cual el mismo se concibe como política “chicharronera”.

@ajmonagas

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