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Memorias de resistencia / María Poyo: el  mare mare de la alegría

Memorias de resistencia / María Poyo: el  mare mare de la alegría

El Tigre.– Tuvimos la dicha de conversar con ella. A los pocos años después,  la muerte se la llevó por esa trilla de arena blanca por donde viajan los kari´ña cuando su espíritu atiende el llamado de kaapu.  Por ese camino que adorna la florecita campesina como el alma que nunca pierde la ternura de la infancia.

Fue una mujer admirable. Antes de decir una palabra, sonreía y brillaban sus dos piezas de oro incrustadas en su dentadura.  Y otras veces, su carcajada era completa. Era la manera más fácil que tenía de comunicarse. Hablaba kari´ña. No entendía mucho el castellano. Las palabras en castellano le producían risa. Era coqueta y gozaba de un tímido humor, con salidas sorprendentes y sabias. No aprendió a leer, pero improvisaba y cantaba mare mare con facilidad y maravilloso acento. Parecía tener años ensayando su canto.

Dos veces logramos sentarnos a aprender de la vida en cuanto lograba decir. Primero fue una noche en la población de Tascabaña, municipio Freites del estado Anzoátegui, donde se celebró un festival de canto de mare mare, Allí estuvo junto a otros cultores como Gervasio Menela, Ángel Poyo, Rosa Cascante, Luisa Medina y Ramón Celestino Martínez.

Luego la volvimos a ver en la comunidad de El Guasey, donde nació, en el municipio José Gregorio Monagas, estado Anzoátegui. Tejía un colorido chinchorro como la naava tumüera (vestido de la mujer kari´ña) que llevaba puesto. Dijo que aunque sus hijos, se habían ido a vivir a Ciudad Bolívar, no se sentía sola porque toda la comunidad de El Guasey era como su casa. Quebrantada de salud fue llevada a Ciudad Bolívar. Allí murió en el año 2018, ya centenaria.

En El Guasey, hasta que tuvo fuerzas físicas, todos los días atendió un fundito ubicado en el sitio conocido como La Boca del Morichal de El Guasey. Allí criaba cochinos, algunas reses y sembraba. El fundito se le conocía como La Boca. Así que a ella la casaron con esa propiedad y en el pueblo se le conocía como doña María de La Boca. Su verdadero nombre es María Poyo.

En su honor, en honor a los pueblos indígenas, reproduzco lo que de su hermoso universo humano obtuvimos en el año 2005, durante una conversación en El Guasey. Tenía 87 años.

Lo que más encantaba de  ella era la permanente y graciosa sonrisa con que recibía cada día de la vida y trasmitía en carcajada  a cada instante mientras conversaba, con la agradable musicalidad que tiene el idioma kari´ña. Lenguaje en el que prefería hablar porque se le hacía fácil, mientras que en español machucaba aún las palabras  y confundía los sonidos. Cuando hablaba español, era un híbrido, entremezclaba frases en kari´ña, lo que significó la resistencia de la lengua originaria. No sabía leer ni descifrar los gráficos del alfabeto, pero ha sabía interpretar con inteligencia femenina, el sentido de correspondencia que a cada ser dentro de su ambiente, le concede la naturaleza, donde fue capaz de levantar 12 hijos, sembrando la tierra, sembrando, más que frutos, quizás amor, espíritu de vida, ese que sin titubear, ante la acumulación de los años, la llevó en algún momento a recorrer distintos escenarios de Venezuela, cantando el mare mare como símbolo primordial de una cultura digna, que pese al avasallamiento, se mantiene, dando respuestas maravillosas al mundo.

Es una simpática abuela nacida y residenciada en la comunidad aborigen de El Guasey, sur del estado Anzoátegui. La edad no le impidió nada. Cantaba mare mare con increíble inspiración libre, y en contrapunto con su hermano Gervasio Menela (también ya fallecido). Y si no estaba cantando,  bailaba. Al oír música de mare mare, buscaba pareja. Se expresaba en el baile con diversos pasos. Pasos que describían sobre el suelo el rastro de los antepasados. La huella de su presencia y el soplo de su destino por venir. Se animaba en las fiestas con traguitos. Si eran de kashire (bebida tradicional de los kari´ña fabricado con cazabe o batata fermentados o del yare de yuca amarga cocido), mejor, sino una cervecita.

De la raíz de sus 12 hijos que trajo al mundo, han germinado muchos nietos, dejando reposar sobre sus raíces espirituales y culturales, una especie de homenaje antropológico, que de hecho la conecta con los orígenes. Nunca le gustó vivir fuera de El Guasey. Allí convivió con los recuerdos de su esposo y de sus padres.

Contemplar su rostro es encontrar la luna llena en una torta de casabe dulce y noble tan sagrada que ni el tiempo que no perdona, la ha sofocado.

¿Cuál es tu nombre?

-¿Qué?

¿Cómo te llamas?

-María Poyo.

¿Siempre has cantado mare mare?

-Ay, pues ¡Bueno, pues…! Jeee…

¿Desde cuándo?

La pregunta tuvo que formularla en el idioma autóctono Ángel Poyo (otro gran cantante de mare mare, oriundo también de El Guasey).

-¡Ajá! ¡Ahorita! ¡Noooo! Hace tempo. Cuando una fiesta nosotros cantamos ¡Ooooohjo, ah… tiempo! – dice y se ríe con gusto y continúa diciendo: -¡Ooooohjo, tempo, nooooo…! Tempo… – repite y vuelve a soltar la carcajada.

¿Naciste dónde?

-Pa´l Guasey. Pa´l Guasey también, claro. Sí, yo crío, pa´l Guasey aquí. Mi mamá aquí y yo nací aquí también. Claro, mi mamá pa´l Guasey, este… se llama Luisa, ujú… Luisa Poyo, y Rosalio… Rosalio… Rosalio… no me acuerdo de ese papa… -Rosalio Meneses –acota Ángel Poyo- que acompaña la conversación.

¿Y los hijos?

-Aquí, pa´l Guasey también. Ah, se fue después trabajá pa´ Bolívar.

¿A qué te dedicas en El Guasey?

-Noooo… pa´viví, pa´… pueblo mío. Hace chinchorritos. Como uno viví. Galliniiiiitas…

¿Cómo aprendiste a cantar el mare mare?

-Ay, Santa Clara, con catira, mujer de Pedro Mazara.

¿Cuál es el nombre de la catira?

-Este… Carme, Carme Arúcano. ¡Ay, le gusta cantá! ¡Ay, ahora viejita… le gusta cantá, también! ¡Aprendiendo…! Ella, toda enferma. ¡Eeeeesa… es la dooooña, claro! Ahora siempre enferma, pasá, la hermana.

¿Por qué te gusta cantar mare mare?

-¡Oooh… oooh…! -abre y cierra los ojos y se pasa la mano derecha por el pelo, moviendo la cabeza que no entiende bien. Ángel Poyo le traduce.

-¡Juuju…! Alegre. ¡Saludos! ¡Ah… no… bastante alegre, de ustedes! –contesta sonriendo y como admirada, con esa especie de sabrosa fonética que hay en la pronunciación de la voz kari´ña originaria. Ese ritmo con que los vocablos al final se prolongan un poco con un acento casi musical.  Al terminar de responder completo, suelta la carcajada.

¿A la edad que tienes tomas algún trago cuando cantas en las fiestas?

Ángel Poyo de nuevo nos facilita la comunicación.

-No. Cervecita- y exclama: -¡Ay, vale…! Sabroso cervecita. Aguardiente fuerte, aguardiente fuerte. Sí, nosotros echamos palo- ríe una vez más mostrando sus dientes de oro; después estira el vestido y por un momento contempla las uñas de sus manos en las que luce restos de pintura  roja.

¿Y kashire, toman?

-¡También kashire! ¡Ay, kashire, sabroso! Jeee… antes nosotros bebe kashire, antes…

¿Ahora no?

-Ahora no. Poco.

¿Sabes preparar kashire?

-Jeee, sí. ¡Ay, kashire, tanto que me gusta! ¡Ay, kashire…!

¿Cuántos hijos tienes, María?

-¡No hombre! ¡Yo crié mis muchachos…! Poco. ¡Ajá… doce, hijas, hijos, sí, el conuquito, luchaaando. Doce, familia. Nieto yo tengo. Pohái, pa´Bolívar la gente. Toíto allá. Yo crío…

¿Siempre has vivido en El Guasey?

-Sí. Aquí, el pueblo. Mi mamá aquí. Mi abuela aquí. Todo, todo…

¿Haces casabe?

-Sí, bastante. Ante pues, ahorita… ¿Yo solo?

¿Y tu esposo?

-Se murió ¡Ooohjo… hace tiempo!, ¡tiempo! Yo solo ahora. Pues yo aquí… ¿pónde busco? Yo aquí vive, tranquilo.

¿Qué esperas aquí?

-¿Qué voy a esperá, pues? Jeeee… aquí, que morí no sea pohái, aquí… de aquí… y aquí… jeeee…

Con la alegría que deparan los años vividos, sin más tropiezos que vivir soñando con la esperanza que puede llegar un tiempo mejor y satisfecha de poder cantar para transmitir un mensaje de su civilización, de su pueblo, un saludo y nombrar a sus conocidos, presentes y fallecidos en los versos del mare mare, María Poyo, desde donde se encuentre, no tengo dudas que sonríe.

El día de la última conversación con ella, nos despedimos.  Ella se queda viendo como quien a ras del techo y a lo largo de la calle contempla caer la tarde. Nunca supimos si hasta la nostalgia le sonría. Así se nos antoja imaginarlo. En la memoria aún nos queda su semblanza, que entre las arrugas de la piel, entre los tejidos de la edad, se dibuja la monería de su risa y los ojitos se le encachicamaban mucho más, mientras que en  la dentadura mostraba el brillo del oro incrustado  como reliquia de adorno, como lo es ella también, reliquia de la cultura kari´ña, reliquia de la humanidad.

Su rostro de naiboa recién salida del budare, fue la estampa de un himno a la vejez feliz. Evocación de una existencia capaz de descubrir la belleza en una simple flor que nace a la orilla del camino. Alma de mujer ancestral, alma de madre, alma de abuela, alma que volvió a ser tan tierna como la de una niña.

Fotos: José González.

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