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Día del músico / José Antonio Ramírez: un sobreviviente de las serenatas

Día del músico / José Antonio Ramírez: un sobreviviente de las serenatas

 El Tigre.– Ese día recuerdo que arrancó el concierto de coro y orquesta. José Antonio Ramírez está de pie en la segunda fila sobre el auditorio. Yayita de Ramírez, su esposa, (ya fallecida) estaba en un lateral en la primera fila. Se encendieron las luces y el coro permaneció en silencio, a la espera del acto musical para entrar con el cuerpo de voces en la sonata “El Mesías”  de Händel que interpretaba la Orquesta Sinfónica Juvenil José Antonio Anzoátegui de El Tigre; aún no existía la proyección de El Sistema.  Al frente estaban dos niñas. Una ejecutaba el violín y la otra permanecía expectante. Son sus hijas, María José y Lucía. Fue uno de los momentos más gratificantes como padre y como músico para José Antonio Ramírez. “Estar tú en el auditorio cantando y delante de ti tus hijos tocando, es algo especial realmente. No todos tienen la suerte de vivirlo”.

Adiós con Allende

Se metió a la música en serio un poco tarde. Nació en Maracay, estado Aragua. Vivió en Caracas y Valencia. Estuvo fuera del país por temporadas. Del 70 al 73 en Chile, durante el gobierno de Salvador Allende. Estudiaba ingeniería. Pero en lo que es derrocado y muere Allende, se viene y  no pudo terminar la carrera.

Un loro silba en el fondo de la casa y el rayo de sol vespertino que atraviesa la puerta, aumenta el calor.

De Chile regresa a Venezuela y después se fue a Europa, aprovechando un intercambio de jóvenes promovido por el primer período de gobierno de Carlos Andrés Pérez. Llega a Rumania, buscando estudiar música. “Y buscando,  buscando también hacerme un… bueno, buscando… en esta búsqueda que uno siempre anda”.

Estuvo tres años en Rumania. Se consiguió con una cantidad de músicos, música popular, con los que tocaba. “Eso me permitió vivir”.

Vuelve a Venezuela y llega a El Tigre enamorado de Yayita, que “me invitó para que conociera a El Tigre hace como 20 años atrás”. Ella era de El Tigre y estaba en Valencia. “Y entonces, ¡bueno, aquí llegué y estoy!” Aunque Yayita se le adelantó en el viaje hacia el infinito, hace pocos años.

Qué vaina tan buena

Ramírez proviene de una familia musical. Su padre Teodomiro Rivero, es compositor, músico, guitarrista, con estudios en la escuela superior de música de Caracas. “Fue compañero de estudios de Alirio Díaz, de esa generación. En la casa, siempre hay música. Mis otros hermanos que también tocan… ese contacto permanente con la música desde muchacho me… me…”.

-Como ves –dice- eso es como dicen, eso se lleva en la sangre. Hereditario, a veces, no… no se… pero por ahí debe venir la cosa.

Mientras estaba en el extranjero, oyendo otros aires y probando otros gustos, estuvo integrando grupos musicales, ratificando que las notas fluyen como un homenaje a la memoria ancestral. En Chile  formó parte de un grupo de música folklórica y fue una experiencia especial. Era el único extranjero  que pertenecía a ese grupo folklórico. Con el grupo Los Quitrales se les reconoció con un premio nacional en un festival folklórico. Eso les valió un concierto en el teatro nacional de Santiago. Nunca lo olvida, porque al bajar a los camerinos y en medio de la emoción exclama: “¡Coño, qué vaina tan buena!”.

En la universidad, en Chile, conoce a una mujer llamada Margot Loyola que tenía una cátedra de folklore y música popular de Chile en la universidad. Era una cátedra que se dictaba en horas extras. Se inscribió y eso le permitió  integrarse a los grupos de música popular de ese país.

Música coral

Al retornar de Rumania a Venezuela, se interesa más por la música coral. Se integra a la coral del Colegio de Abogados en Caracas y a la coral de la extinta Venezolana de Navegación. Trabaja con la reconocida profesora y vocalista Modesta Bor en la coral de la Cantv. “Tuve muy buena amistad. Hasta vecinos fuimos una cantidad de tiempo. Era una bella persona. Amabilísima. De esas personas que tienen vocación para la enseñanza. Siempre estaba pendiente de explicarle a uno a través del ejemplo. Fui también muy amigo de sus hijos. Creo que eso influyó más para inclinarme por la música coral”.

Cuando llega a radicarse a El Tigre, se incorpora a la Orquesta Sinfónica Juvenil José Antonio Anzoátegui. Aquí termina de formarse.

Antes de participar en la fundación de la Coral Sinfónica José Antonio Anzoátegui en la Orquesta Sinfónica Juvenil de esta ciudad, formó parte del orfeón de Corpoven. Le tocó participar como director en la fundación de la Coral Francisco de Miranda de Pariaguán y en las corales de varios liceos  de la localidad, Andrés Bello, Escuela Técnica Agropecuaria de El Tigre, pero con la salida del maestro y gran promotor de la actividad coral en El Tigre, el profesor Carlos Villa, decayó un poco  el ambiente coral que se había despertado.

Luego estuvo por más de un año al frente de la coral de la universidad privada Gran Mariscal de Ayacucho, extensión El Tigre. Estuvo luego encargado de la coral infantil de la Orquesta Sinfónica José Antonio Anzoátegui de El Tigre, Hasta que poco después del fallecimiento de Yayita, se retiró de la docencia. Hoy su hija Lucía Ramírez es la directora de la sección de El Sistema en la Orquesta Sinfónica de San Tomé, municipio Freites del estado Anzoátegui.

“¿Y ni pa’ una?”

 De esas páginas “oficiales”, se encuentra entre folios, como los pétalos de flores que para los gratos recuerdos, deja uno entre las páginas de los libros. Pasan los años y conservan su aroma de cosa buena. En la vida de este músico, hay páginas que recuerdan  mucho de eso. Las parrandas, la bohemia, una noche, un mediodía, un amanecer con amigos, con la guitarra, con el cuatro, despertando viejos boleros, como aquel de La canción de las cosas simples del maestro argentino César Isella, que dice así:

“Por eso, muchacha,

no partas ahora soñando el regreso.

Que el amor es simple

 y a las cosas simples

 las devora el tiempo”.

En su repertorio tampoco faltan antañonas guarachas o pasajes tradicionales con el tono de voz medio fuño por los fríos de los fríos de la madrugada, que se alivia con algún guarapo con alcohol.  Sólo basta pronunciar la “sabia” pregunta preferida del artista plástico José Hernández: “¿Y ni pa’ una?”, para colgar del “estribo” hasta que raye la luz del día.

Ha donde ha ido José Antonio Ramírez, esos entretelones  son parte de lo sabroso que tiene la vida. Amigas, amigos, la compañía compartida en el fraterno entorno del dulce encanto de la canción o la conversación circunstancial, en el refugio de un patio, en una vieja barra o en la misma concurrida esquina de hace algún tiempo atrás. Afín y afán con la música.

“Es que el músico venezolano siempre da serenatas en todos lados. Ya no será en las ventanas de las muchachas en horas de madrugada. Pero en cualquier reunión, incluso cuidándose en pandemia, nada mejor que compartir música. La serenata ha sobrevivido a todo invento tecnológico de que hoy se dispone para escuchar música.  En Chile, en Europa; y en Venezuela, ¡imagínate!”, se confiesa, mientras pasa su mano izquierda por el cabello ya teñido por las cenizas del camino.

Su papá fue músico, él es músico, su esposa fue coralista, las hijas son músicas y bailarina, las nietas son músicas,  los hermanos son músicos, la cuñada canta; entonces la casa, más que de concreto, vigas metálicas y madera, es una caja sonora.

Fotos: Cortesía.

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