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Chimire: la magia de un parque natural

Chimire: la magia de un parque natural

El Tigre.– Si alguien no ha visto el momento en que el cielo se abre para parir el alma de la poesía, debe ir a contemplar un amanecer en el parque natural Farallones de Chimire, ubicados en la Mesa de Guanipa, municipio Freites, entre el campo petrolero San Tomé y la comunidad kari’ña de Bajo Hondo, estado Anzoátegui. Allí encontrará esa indescriptible maravilla visual que subyuga hasta los territorios  íntimos del espíritu.

Estas formaciones naturales están a 18 kilómetros, al norte de la ciudad de El Tigre. Y al igual que la aurora, pero más intenso, la puesta de sol es un homenaje de luces a los monumentales barrancos que parecen derramar el extraño hechizo que sangra de felicidad Disfrutar de un crepúsculo en Chimire,  es disfrutar de los ramalazos de la policromía  del “pájaro en reposo” como diría el artista plástico José Hernández, mientras el sol desciende para juntar la tierra de los pajonales con el cielo, para dejar que la noche sea la señora que comienza a llegar a hurtadillas detrás de los retoños, detrás de los chaparros, de los mandingos y la flor de saeta que se mueve con el viento a ras, marcando el compás en el aire que sopla el bereekushi de los aborígenes, en la nota de un mare mare que resuella  vida en el centro mismo de la memoria que son las murallas terrestres de tan variados y extraños contrastes al trepar a lo largo del tiempo los paredes y pie de zanjas.

Lugar iniciático

Ese Chimire, ese shiimiri o ese algarrobo, árbol corpulento, que traducido al kari’ña sería el origen del nombre de estos farallones, que para los ancestros aborígenes,  que aún resisten en la Mesa de Guanipa, a través del orgullo de sus descendientes, siempre se ha tenido como lugar iniciático para absorber de la madre naturaleza los grandes conocimientos que sólo alcanza el püddai (el curandero). Muy cerca de allí, en la parte norte, se encuentra Cerro Negro que fue el templo natural a donde los aspirantes de püddai (chamán) kari´ña se internaban por un tiempo determinado, un mes, dos meses, tres meses, donde tenían que sobrevivir en la intemperie. Tenían que autoabastecerse de los recursos del lugar. Lo único que se les permitía llevar era ron blanco y tabaco, cuanto quisieran, ya que son elementos fundamentales para la purificación espiritual y avivar los estados de trance que facilitan la comunicación con el inframundo.

Ya esta práctica de perfección espiritual el pueblo kari´ña la tiene en desuso. Todavía, hace unos 25 años atrás, uno de los últimos püiddakon kari´ña, Francisquito Tempo, residente de Bajo Hondo, recomendaba que para visitar Cerro Negro debía hacerse un día viernes por la tarde y llevar tres velas blancas y encenderlas donde el viento no las fuera apagar. Era todo un protocolo de respeto. Francisquito Tempo murió en 2014.

Ha sido tanta la decadencia de la cultura del pueblo kari´ña, que en la actualidad, esos lugares, Cerro Negro, Chimire, Macarapana y Cabeceras del río Guanipa los usan, no para purificación espiritual en contacto con la naturaleza. Son usados por organizaciones delictivas y grupitos de las mismas poblaciones indígenas y algunos foráneos  para  hurtar chatarras, desvalijar vehículos robados y secuestrar vehículos de carga.

El rastro del petróleo

A este parque natural lo atraviesan varios cursos de agua extinguidos, siendo el más importante la quebrada Güico, que también ha perdido kilómetros de sus nacientes originales, para comenzar a correr débilmente, casi en la vía que cruza con destino al poblado de Barbonero. Sin embargo, reserva un bello paisaje de lujuria subterránea y de esculturales formaciones que sólo es capaz de labrar la mano milagroso e imperceptible del prodigio natural en sus más secretos oficios; perturbados en esos menesteres, desde la explotación petrolera por las distintas instalaciones que desde la década de 1930 ha conectado la industria dentro del parque natural, largando tuberías de aquí para allá y de allá para acá, metiendo maquinaria pesada, llevándose por delante formaciones, árboles y cuanto obstaculice el trazo dentado de la oruga. Aunque la actividad petrolera allí se encuentra inactiva y parte del material ferroso ha sido sustraído como chatarra, aunque quedan huellas imborrables en el ecosistema producto de la explotación petrolera. Allí hubo poca armonía con el ambiente.

También quedan pozos de petróleo perforados, estaciones receptoras y de bombeo,  fosas de desechos, que frente a la majestuosidad de Chimire parecen odioso e inconsciente estorbo que segrega ruina ecológiza

Hechizo de luna llena

Pero no sólo el alba y el poniente seducen en Chimire. A cualquier hora, su magnitud es esplende. Así como el cielo se abre, tiñendo las nubes con sangre de parto, para que nazca la noche, al otro lado de las sombras, la boca frondosa del alba no deja de pintarse con pincelazos rosados, rojizos y violetas como las mejillas de una mujer aborigen, como un fruto de mango pintón, allá en lo alto, para que el sol comience a salir bajo el canto de las aves, del que sobresale el del gavilán cola blanca y el mochuelito de hoyos, en medio de ese olor a mastranto y a monte rezumando rocío.

Pero es espléndida, de igual forma, en Chimire, la magia de impresión infinita con que la tímida luz amarillenta le pide permiso a la noche misma para iniciar lentamente el soberbio rito de abrirle las ventanas del universo a una luna llena. Inmensa se ve.

Nadie debe perderse ese momento que dura pocos minutos. Después la luna se enseñorea, se pone su traje de plata y se adueña del cuenco del cielo, sugiriendo todo despojo de cualquier adversa idea para entregarse a los vastos dominios  de la belleza que corren por la sabana; a la meditación de que sí es posible hallar momentos de pleno sosiego y que el paraíso tiene lugares reservados para los espíritus buenos en la Mesa de Guanipa. Esto, siempre y cuando la inseguridad no aceche al visitante.

La hora de todas las luces

Si estas horas que hemos señalado,  son espléndidas en los Farallones de Chimire, cantados por los püddai, escritos por los poetas, celebrados por los músicos, pintados por los artistas plásticos y admirados por los niños; el mediodía no es menos digno para uno  apersonarse frente a la imponencia de los farallones y hablarles como al rezongo de un misterio, echando la palabra hacia arriba; cantarles en sus gibas o rezar entre sus pequeñísimas formaciones que deja la erosión de la lluvia bajo las piedras,  asemejando cabos de velas con sombreros, lo que Alfredo Armas Alfonzo, llamó población de santos expectantes; para que el eco vaya describiendo los múltiples lenguajes encerrados y enterrados en las antiguas voces de los silencios de las culturas de esta tierra.

En plena resolana, cantan los pájaros, murmuran los vacíos, los huecos, las cuevas y las grietas como abiertas por un vértigo de exacto remolino. Planea con una serenidad envidiable su vuelo el zamuro. Se conmueve el juasjuillar y retumba el espacio para celebrar la presencia de uno en medio de la más intensa de las luces que da el día sobre la cara de la tierra. De allí a la luz del alma, a la vegetación del espíritu no hay nada de distancia. Simplemente es atreverse a dar un paso hacia lo increíble.

Chimire, siempre mágico.

 Chimire, un parque natural que merece ser parque nacional.

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