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Luis Ramón Rodríguez Mata: de vendedor de arepas a cronista popular

Luis Ramón Rodríguez Mata: de vendedor de arepas a cronista popular

El Tigre.- Su casa se llama “La Finca”. La naturaleza la rodea. Un bosque que para gracia de la vida hace que  su condición de salud, ría; y a la vez sea el hábitat de armonía perfecta entre el hombre y su entorno. Algo así como la antigua cosmogonía  de la energía ancestral. Está aquí mismo, en El Tigre, estado Anzoátegui, en el sector San José, por donde pasan las torres del tendido eléctrico. Esa es la dirección.

Con ese par de apellidos –Rodríguez Mata- muchos que lo conocen, deducen que es margariteño. Pero no, Luis Ramón Rodríguez Mata, nació en lo que él dice que era el popular barrio Orinoco, frente al antiguo cementerio, sector Casco Viejo de El Tigre. Desciende de una mujer margariteña, natural del Valle del Espíritu Santo, Yolanda Mata de Rodríguez, ya fallecida y de un campesino del caserío Guanapoco de Aragua de Barcelona, estado Anzoátegui. Los dos sembraron sus huesos en esta tierra rojiza de la mesa de Guanipa. Sus crónicas los mantienen latentes.

El hijo de la arepera

Recuerda que su mamá fue una arepera de tradición y fama en El Tigre. Hacía las arepas de maíz pilado y en budare con leña. El relleno preferido era queso y mantequilla llanera. Su padre era un constructor de  cosas buenas de la vida para criar y levantar a sus diez hijos, hoy orgullosos de una generación de margariteños y norteamericanos que se levantó en El Tigre. La crianza que les dieron fue la del trabajo honesto y creador. Fue una infancia feliz de lo que Luis Ramón llama ya, la segunda generación. La que les permitía correr desnudos por las calles de tierra, bañándose bajo los aguaceros. Época en la que a los trabajadores petroleros les vendían las arepas que hacía su madre. Todo estaba ahí mismito.

La misma escuela en tres lugares

Los primeros estudios los cursó en la escuela Carlos Delgado Chalboud, ubicada en unas residencias que aún están allí, frente a lo que fue el local comercial de Alcibíades Cones, frente a la hoy llamada placita Cones del sector Casco Viejo de El Tigre. Esta escuela fue luego mudada frente a Campo Oficina, y posteriormente a lo que es hoy la escuela básica Rafael Hernández Parés, en la carretera negra La Flint; lugar que fue antes el matadero municipal de El Tigre. Estructura que fue derribada para dar paso a la institución educativa. La historia se mueve.

Allí Luis Ramón Rodríguez Mata culminó la primaria. Inició el bachillerato en el antiguo ciclo básico combinado Alberto Carnevali y luego pasó al liceo Pedro Briceño Méndez, que para entonces eran los únicos que había en El Tigre. El Tigre para esa época comprendía los sectores Casco Viejo, Pueblo Ajuro, La Charneca y Pueblo Nuevo Norte y Sur, Hernández Parés y comenzaba a asomarse la construcción de Inavi. Lo demás, según sus palabras, era monte y culebra. El liceo Briceño Méndez quedaba en la Tercera Carrera de Pueblo Nuevo Norte. Luego fue mudado al final de las avenidas Peñalver y 23 de Enero, hoy Simón Rodríguez. La sabana era extensa.

Contacto con la izquierda

En su etapa de liceísta comienza a tener contacto con factores políticos de izquierda y la guerrilla. Eran años revoltosos y conflictivos. Él pertenecía a la juventud del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Finales de los años 60.

Culminado el bachillerato en El Tigre, en plena efervescencia de las inquietudes políticas, con 18 años de edad,  se va a Caracas, a pelear por un cupo para entrar a la universidad con el fin de estudiar periodismo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en el primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974). Pero la intensidad del momento político, su espíritu de lucha y sacrificio revolucionario le permitió conseguir ingreso a la universidad para otros compañeros y no para él. Se ocupó más de la política, de las preocupaciones y desvelos de la juventud rebelde, arriesgando su propio pellejo. El destino universitario se fue postergando, por la lucha política y de principios que libró hasta hace poco.  Las penurias de la cárcel no lo doblegaron. La tortura no le dejó cicatrices, sino valentía, honor y lealtad a sí mismo. Las persecuciones le dejaron la enseñanza de que en la vida no se puede ser tan confiado. De la confianza a la traición hay un paso.

Periodismo comunal

Aunque no estudió lo que quería, en Caracas, comenzó a ejercer el periodismo comunal. Lo que es hoy un reportero popular.  Trabaja en el periódico comunitario “La Vega dice”, un proyecto liderado por el padre Francisco Witak. Era un semanario editado en la biblioteca César Augusto Sandino de Los Canjilones  de  la parroquia La Vega de la capital de la República. Esa fue su primera experiencia como redactor. Cuando el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez expulsó del país al padre Witak, el proyecto de “La Vega dice” se desbarató. Luis Ramón Rodríguez, se regresa a El Tigre. En esta ciudad, con la experiencia vivida en Caracas, milita en el partido Liga Socialista.

“El Vecino”

En la Liga Socialista se le encomendó la misión de hacer el trabajo político en las barriadas populares y denunciar sus necesidades de servicios básicos. Haciendo ese trabajo se da cuenta que en El Tigre existe una gran dispersión en la organización vecinal. Allí se le ocurre la idea de crear un medio informativo de las comunidades con el fin de agrupar las inquietudes, luchas y reclamos. Fue así como nació el medio impreso “El Vecino”, con el eslogan de “órgano divulgativo de los barrios”.  En este medio impreso Luis Ramón Rodríguez cumplía las funciones de director, redactor, diagramador e impresor. Las comunidades se encargaban de la distribución y colectar a través de la venta, las finanzas. El periódico se editaba en un viejo multífrafo cedido por la Liga Socialista en  papel bond  con formato extra oficio, en la casa de la revolucionaria y siempre recordada Reina Cabeza, ubicada en el sector Hernández Parés. Era otra la manera de hacer política.

Recuerda que  “El Vecino” logró aglutinar a la dirigencia vecinal de El Tigre en aquel entonces, sin distingos de tendencias políticas de derecha y de izquierda como por ejemplo: José Albornoz Carvajal (AD), Ramona de Vílchez (Copei); un hombre de pueblo y luchador como José Agostini; la adeco-copeyana Hilda Lizardi; una adeca que aun estando muerta no deja de serlo, Dominga Guzmán; también el estudiante y miembro de la Liga Socialista Alfredo Silva. El subdirector del periódico era el hoy reconocido poeta y escritor Néstor Rojas. Artesanos de sueños.

Detención y allanamiento

El medio impreso circuló tres años. Para el año 1984, por una falsa acusación por los intereses que habían de acabar con el proyecto de “El Vecino”   por su aceptación en la comunidad más allá de los colores de los partidos políticos, Luis Ramón Mata Rodríguez es detenido por la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip)  y posteriormente torturado. Se le acusaba de pertenecer a los grupos subversivos sobrevivientes a la masacre de Cantaura, perpetrada por el gobierno de Luis Herrera Campins el 4 de octubre de 1982. La sede del periódico fue allanada y el multígrafo lo decomisaron y desaparecieron.  Según Rodríguez Mata el objetivo fue acabar con el periódico, que había logrado unir a la gente de las comunidades de El Tigre a través de la información y la exigencia de soluciones a los problemas comunitarios a las autoridades. Ya era un dolor de cabeza.

La otra historia

Después que Luis Ramón Rodríguez Mata sale en libertad no fue posible continuar con el periódico.  Carecían de multígrafo y la lucha de la unidad que se había logrado, se dispersó. El gobierno logró su objetivo.

Aunque desempeñó otras labores, la pasión por el periodismo, jamás la abandonó. Así, a la vuelta de los años reaparece en un medio impreso. En esta vez como colaborador de la sección de Opinión del diario Mundo Oriental que se edita en El Tigre, con una columna semanal que se llama “Vivencias”. Un cuaderno en el barrio.

Comenta que en ella recogió la otra historia de El Tigre. La no oficial. Pero que no deja de ser verdadera. Esa que comparte en que con el nombre de Jesús Subero hayan bautizado una avenida; que con el nombre de Cleto Quijada hayan bautizado una terminal de pasajeros; esa que barrios nuevos como Oficina Uno, sus calles llevan los nombres de personajes, sitios y empresas que forman parte de la breve historia de esa etapa que vive El Tigre de pueblo a ciudad, con miras a convertirse en metrópolis que lo una a Guanipa, San Tomé y Pariaguán. Una minuta válida para los que contarán después. La minucia viva.

A la par con los personajes 

Según su concepto, él es un cronista popular. Recoge en cualquier esquina  lo que se le ocurre a un jodedor y chistoso, a un personaje como Milkita, en La Charneca, que aunque no tenga más comida, brinda un café a los transeúntes. Es la gente que así sea anónima, es constructora de un pedazo de esta ciudad. La lista es interminable. Por ejemplo “el Gordo Guacharaco”, quien cuenta que un tigre lo mató tres veces. Se sabe que es mentira. Pero quién le dice que no fue así. Y que cuando el diario La Antorcha valía medio y él estaba limpio, vendía tres ejemplares de La Antorcha y alardeaba: “Ya hice el día. Tengo para comerme el pan, el queso y la Pepsicola”.  También está “Cuerito e Bola”, la negra Maurera, una guayanesa hacedora y vendedora de fritos y morcillas de cochino en El Tigre, manjar criollo por el que los trabajadores petroleros norteamericanos se desvivían. El secreto era el buen gusto.

Hilvana crónicas en su mente y dice que era obligada la parada frente a La Romana o matadero municipal, donde está hoy la escuela básica Hernández Parés, en la carretera negra de La Flint,  para comprar los fritos. Hubo uno de esos trabajadores norteamericanos que se llevó unas morcillas hechas por la negra Maurera, a Estados Unidos como una y se las presentó a su familia como una exquisitez. ¿Quién dice que no?

De la arepa a la anécdota aliñada

 De esos personajes populares nutre Rodríguez Mata sus crónicas. Las que hasta altas horas noche escribe en su “Finca”, cual bunker, rodeado de la naturaleza, el canto de las aves, el croar de los sapos, bajo el cielo raso de colores que lo ampara en los pasillos llenos de cuadros y obras de arte que con ingenio  elabora o crea, dándole vida al más insospechado objeto, que a través de la forma, la escritura y el color, cobra nueva vida gracias al talento, de un hombre que ya no sueña  con vender arepas de maíz. Lo que le quita el sueño es hacer de la vendedora de arepas una historia llena de anécdotas aliñadas con los pormenores cotidianos, exquisita para el gusto de los lectores. De eso se trata.

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