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Creadores del sur / Carlos Malavé

Creadores del sur / Carlos Malavé

El Tigre.- Irreverente. Eterno discordante. De juicio severo sobre el arte. Amigo hoy. Enemigo mañana. Amigo de nuevo pasado mañana. Cómo lo hace Eduardo Galeano en las calles de Montevideo, él lo hace en las calles de El Tigre: caminar, caminar y caminar, portando siempre una primicia de algún hecho, personal o ajeno, de algo que va ocurrir o hasta de la misma fantasía en que rotan y trasladan espíritu y neuronas de los artistas. En este caso de los artistas plásticos, de los que decía el psiquiatra David Figueroa, “pocas veces dejan de rondar los extremos”.

Este es Carlos Malavé. Quizás el creador visual más anecdotario de la Mesa de Guanipa (sur del estado Anzoátegui), donde ha afincado la planta de sus pies en los últimos años. Es el de mil experiencias en otro tanto número de frentes de lucha vividas, por las mismas circunstancias en que lleva y sobrelleva su existencia, plagada de sueños, de proyectos, de propuestas atrevidas, algunas, tanto, tanto que están fuera de lugar en nuestra región y en el presente, pero con una solidez y validez, que sólo el tiempo va a decir que Malavé no estaba equivocado.

Se hizo artista porque sintió la necesidad de comunicar a través de la imagen y el lenguaje de las esculturas en hierro, su universo. Y, porque no tenía más nada que hacer. Vagar era insoportable. Para quien, según sus palabras, tenía que mucho hacer. Su juventud fue otra cosa,  un “combate de locos”, contra lo establecido.

Sus primeros pasos en el arte, en el duro oficio de hacer hablar el hierro candente, los dio al lado de otro gran artista venezolano, Octavio Russo y un colectivo de soñantes que comulgaban con sus inquietudes en la galería La Piel del Cangrejo, en el estado Nueva Esparta, de donde surgió una figura destacada actualmente dentro de las artes plásticas venezolanas  como lo es Juan Loyola.

La solidaridad ha marcado el trabajo visual de Carlos Malavé. Sus pasos, sobre manera en la etapa inicial estuvieron marcados por causas afectas a la libertad, contra la violación de los derechos humanos y a favor de la justicia social. Así que lo encontrábamos en exposiciones individuales contra el régimen de Pinochet en Chile, en honor a la memoria de los guerrilleros masacrados en Cantaura, burlándose de ciertos desatinos de gobiernos de turno; por lo que algunas veces ha sabido lo que es huir de la persecución policial, después de propuestas como el de atar un perro putrefacto con la bandera nacional en protesta por la ineficacia en la recolección de basura en las calle del soberano. Hay cierta actitud extravagante en sus muestras, consecuencia de la búsqueda permanente. Como dice el creador Antonio Lazo: “El arte tiene que servir para llamar la atención, sino no trascenderá”.

Hasta ahora es el único artista plástico que se ha atrevido a trabajar y exhibir el arte conceptual en el sur de Anzoátegui. Tuvo una etapa en la que se dedicó en cuerpo y alma a esta tendencia. No sin que le marcara como “oveja extraña” dentro del grupo de sus contemporáneos y coterráneos. Amén de juicios adversos. Era el único que armaba una obra y en pocas horas ya la veía derrumbarse. Sólo quedaba en la memoria del espectador el objeto visual. No se amilanó. Lo asimiló como evolución. Procesos de avance y otra fórmula de ver el mundo visual sin la línea, el trazo y las rutas del pincel y la combinación perfecta de los colores para poder hallarle sentido a las obras. Esto no quiere decir que haya desistido de los instrumentos primarios como el creyón para ejercitar técnicas intransferibles como el dibujo.

La tentativa de la intervención del paisaje natural, también lo trasnochó y lo sigue trasnochando. Ir más allá de lo que dice la naturaleza. Tampoco le son ajenos los murales.

Ese peregrinaje en las calles que lo han visto pasar más que a cualquier otro ciudadano, es igualmente un ejercicio, la maquinación para seguir, no sólo el tramo de las aceras; también el afán de hilvanar la plataforma para sustentar sus nuevos proyectos.

Cuando ya el comentario era público, que como creador se lo había llevado la diáspora de la indisciplina, el irrespeto al culto del oficio y los encontronazos personales, Malavé rebatió toda la saña como quien esquilma la yerbamala, y después de trasnocharse unas cuantas noches enteras y sacrificando los bolsillos hasta volverlos harapos, apareció con su proyecto múltiple de más envergadura, una serie de maquetas de paisajes urbanos que se pierden de vista.

Él las ha elaborado para sitios específicos. A donde a él se le ocurre que debería estar cada una instalada, para allá la diseña, con una objetividad asombrosa y estética admirable. Sin compromiso con nadie. El compromiso es consigo mismo y el deseo suyo de ver la evolución del verdadero concepto de ciudad teniendo como insignia el arte.

De esta serie, entre cientos de intentos, cientos de diligencias, cientos de golpes a puertas de oficinas públicas y privadas, hasta ahora sólo ha concretado la base de la  estatua del indio Pariagua al final de la avenida Emma Jaramillo de Pariaguán, estado Anzoátegui.

Quijotes, indígenas, personajes populares, conceptos de creación libre, desafiantes e innovadores, integran esta tendencia de Malavé. Para algunos irrealizables. Para él, un gran esfuerzo, que se traducirá en obras para la posteridad.

Para Malavé, crear es un reto. Como las líneas y desafío del color no han sido su fuerte, ha encontrado en la tecnología un aliado perfecto, que le da lo que se proponga con resultados que asegura que “no se los da ni una mano maestra manejando un pincel electrónico”. Para ello se apoya en la fotografía que es otra de sus herramientas de artista.

Color, luces, dimensión, profundidad, limpieza, estética le permiten refundar su vida como creador visual, como lo hacen en todo el mundo, maestros que hoy siguen trabajando incansablemente, sin detenerse en los prejuicios entre lo artesanal y lo tecnológico. No hay límites. El límite está en saber usar o no en función de lo que se quiere, esas herramientas que son una maravilla.

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