El vocablo “cultura”, un maligno comodín léxico

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Lubio Cardozo

El uso primigenio del verbo del latín clásico colere —colo, colis, colui, cultum— apuntaba hacia un sentido preciso: cultivar la tierra, labrar, cuidar esa actividad. Vino después de colere: cultura, culturae, para identificar lo relacionado con el cultivo. Luego por la necesaria dynamis de las voces –tal lo afirmó Andrés Bello, el lenguaje es un cuerpo vivo– se ramificó la palabra originaria en múltiples acepciones; cada una tomó diversa ruta, llegó una de estas significaciones al siglo dieciocho, Siglo de las Luces; el viejo sentido semántico de dicha voz la hizo propicia en ese momento para vincularse con lo intelectual: el cultivo de las bellas artes dentro de una percepción laxa, despojada de dogmatismo. Alcanzó el vocablo en el siglo diecinueve, veinte, variedad de significados disfumándose la precisión léxica, las fronteras verbales inherentes. Por ello se convirtió así su significante en un comodín, servía para expresar casi la totalidad de las actividades relacionadas con la creatividad humana. En el siglo veinte, con el fenómeno político nominada La Guerra Fría, a dicho trisílabo lo transformaron en un instrumento lingüístico de adecuada utilidad para los fines políticos-ideológicos de los dos grandes bloques conformantes del conflicto; en un oportuno recurso para manipular las conciencias a la par del destino de la humanidad durante tres décadas. El término cultura comenzó a engullir los conceptos, pensamientos, ideas más nobles, esenciales, eternamente válidos del Hemisferio Occidental, la mayoría de ascendencia griega, valga decir de arkhé sustentadora de la larga tradición intelectual de Occidente.

El Diccionario de filosofía de M. M. Rosental y F. F. Iudín (Madrid, Akal, 1978), libro auspiciado por el Partido Comunista de la URSS, la palabra cultura la define de este modo: “Conjunto de valores materiales y espirituales, así como de los procedimientos para crearlos, aplicarlos y transmitirlos, obtenidos por el hombre en el proceso de la práctica histórico-social”. La perspicacia de un lector atento de inmediato captará las imprecisiones de dicha definición, la levedad de juicios, sobre un palabrerío vaporoso apoyadas. Para una muestra del bloque opuesto en esta Guerra Fría buscamos el ítem respectivo en el Diccionario de la lengua española (Madrid, Real Academia Española, 1992, 2 v.): “Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afirmarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre (…) conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social” (…). Compiten en esta concepción ambos Diccionarios por la simpleza junto con la vaguedad sin aportar nada medular.

Se han servido del término cultura, cual un sinuoso vocablo cómodo, a la mano, por quienes gustan desplazar con ligereza el discurrir escritural o la oratoria, soslayando sin mayor esfuerzo intelectual el respeto debido a conceptos profundos, basales del pensamiento estructurante de la espiritualidad, sabiduría dela civilización del Hemisferio Occidental. Se transformó en el siglo veinte, por la multiplicidad de sentidos sin ningún sostén substancial válido de éstos, el trisílabo cultura en un pseudo isólogos (falsedad, mentira) con lo cual se trata de explicitar de manera firme de enunciados aparentemente semejantes, algo así tal sinónimos sin serlos, mas sí falsas o inexistentes representaciones. Patentiza, pues, lo afirmado: el término cultura es un pseudo isólogos por encubrir, falsear conceptos, de los saberes de la civilización del Hemisferio Occidental. Con el pseudo isólogos cultura se han desvirtuado las nobles ideas de arte, civilización, espíritu, ciencia, alma, religión, pensamiento, Idea, Ser, sabiduría, esencia, substancia (en sentido filosófico), ente, ontología, filosofía, historia, literatura, tradición, libertad.

Significa por ello el trisílabo cultura un maligno comodín léxico cuyo objetivo pareciera ser “ahorrar” el esfuerzo sagrado de pensar. Sutil manera, en fin, de hipnotizar e idiotizar a la gente. Disimulan a veces la aberración de esa malignidad expresiva con frases disparatadas por la misma vacuidad de sentido, tales: cultura filosófica, cultura artística, cultura religiosa, cultura histórica, cultura literaria, o en lamentables rótulos solemnes: Revista de cultura ¿Por qué prosternar las mencionadas nobles palabras de la Civilización Occidental ante el comodín de una palabra vacía de realidad? Ni los citados Diccionarios (supra) pudieron redactar siquiera una conceptualización decente, por una razón muy sencilla, cultura es apenas un trisílabo, un sonido sin ser. Deben usarse las palabras nobles en su sentido primigenio, puro, originario, sin apellidarlas, sin muletas. Nunca subestimar la inteligencia del lector. En el caso del castellamericano, recordar siempre: vivimos en el espacio geográfico de Andrés Bello, de Bolívar. Nos hemos ganado    el poder de pensar con libertad.

*Agradezco la transcripción de este texto al poeta José Pérez.