La isla del diablo y Pablo Richard

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JOEL MACUARE

Transcurre el año 1920, en la población de Rocamadour, Bretaña francesa. Un muchacho de 15 años llamado Pierre Lával se desempeña como ayudante en una pequeña granja productora de hortalizas propiedad de su tío Alain Lával. El muchacho además de ser explotado como esclavo era sometido por su patrón a grandes palizas por las más simples razones.

En una oportunidad por no haber limpiado oportunamente la siembra de zanahorias, Alain cruzó la cara de su sobrino con la gruesa cincha del asno y el joven cayó al suelo, bañado en sangre. El muchacho corrió a un depósito y sacó un machete con el que despedazó al cruel hombre que lo maltrataba. Los vecinos escucharon los gritos y llamaron a la policía que persiguió al joven Pierre y lo detuvieron, metiéndole en un calabozo. A los pocos días el juez del pueblo sentenció a Pierre a pagar la pena de cadena perpetua en la isla  del diablo, pequeña propiedad francesa de ultramar a 15 kilómetros de la Guayana Francesa en la inmensidad de la costa atlántica. Fue trasladado en las bodegas de un barco de vapor francés con 159 presos más, de los peores criminales de toda Francia.

Este penal fue famoso por lo cruel de las torturas y por ser casi imposible la fuga en un mar levantisco e infectado de tiburones. Sin embargo, Pierre hizo amistad con Ángel Simo y desde que llegaron comenzaron a planificar la huida. En la montaña tropical de la isla cortaron trozos de madera e implementaron una pequeña barcaza con la cual después de inmensas penurias lograron llegar a la costa de la Guayana venezolana.

Se internaron en la inmensa selva guayanesa poniéndose en contacto con los indios motilones y panares con quienes convivieron 6 años. Los indios, además de antropófagos, eran nómadas y no habían visto nunca la civilización. En esa comunidad conocieron a otro francés fugado del penal, llamado Cristhian y después de haber superado los tres la fiebre palúdica emprendieron por la selva el rumbo hacia la civilización, sin ningún rumbo, nadie había salido nunca de la profundidad de esas selvas inmensas.

Estuvieron perdidos 6 meses pasando las más terribles penurias. Cristhian murió o tal vez lo mataron -no se sabe- lo que sí es cierto fue que se lo comieron y con ese bastimento lograron llegar a un pequeño pueblo de la frontera brasileña.

Allí se emplearon como obreros del balatá y luego pasaron  a Ciudad Bolívar, al final , tal vez en 1930, se establecieron en la Mesa de Guanipa. Pierre Lával se estableció en una comunidad indígena llamada Juepe, muy cercana a Cantaura y cambió su nombre a Pablo Richard. Allí se casó con una muchacha llamada Pilar Romero con la cual tuvo tres hijos, dos varones y una hembra. Estaba dedicado a labores agrícolas y un indio de la zona llamado Ramón Guarimán enamoraba a la esposa. Pilar acosada por el indio le comunicó a su esposo, y Pablo agarró el machete se metió en la casa del indio y lo despedazó hasta su muerte.

En esta oportunidad logró huir durante años y al regresar se estableció en un pequeño caserío, en formación llamado, El Tigrito- San José de Guanipa. Allí fundo un negocio llamado bar “Las Palmas”, donde la gente iba a consumir licor, bailar y jugar cartas y dominó.

En el año 1958 siendo yo un niño de 8 años,  en la barra de este bar, Pablo Richard me contó su historia. Ya anciano cultivaba flores en su casa e iba al mercado en una carretilla a vender sus planticas.

Richard tuvo una nieta muy bella llamada Gladys, siempre recuerdo que los gringos que trabajaban en la Mene Grande Oil Company le tomaban fotos para enviar postales a USA. Lamentablemente la droga y el alcohol convirtieron a Gladys en psico-indigente. Tuvo un hijo llamado Francisco que se convirtió en esquizofrénico y deambuló por la calles del pueblo durante 30 años. Se la pasaba en un tugurio lleno de malandros y drogas llamado El Café Principal.

En una oportunidad, hace varios años, estaba Francisco acostado en el suelo, semidesnudo y llegó al negocio el alcalde del pueblo. Le preguntó… ¿Francisco quieres una cerveza? El loco afirmó que sí, con la cabeza. El burgomaestre entró al negocio, salió, le vació la cerveza en la cabeza, mientras el poco de borrachos y drogadictos se desternillaban de la risa. Que tremenda indignación.

Inmediatamente llamé al gran médico y psiquiatra Néstor Macías y le conté lo sucedido y me dijo… vamos  a buscar a Francisco; lo rescatamos y lo llevamos a Clínica Macías. Allí tiene diez años y está perfectamente bien. Nunca nadie lo ha ido a visitar. Yo soy su representante legal porque el gobierno se lo quería llevar a un manicomio llamado Bárbula, donde lo iban a volver más loco de lo que estaba.

 A mí, mis paisanos del pueblo siempre me han sugerido, postularme como alcalde, nunca he aceptado y ahora menos ya próximo a cumplir 70 años. Pero tengo un candidato nacido en el pueblo, Francisco. Yo le pregunté si aceptaba y me dijo…  Yo le echo bola… A Francisco lo abandonó su familia, la sociedad y el gobierno. ¿De qué sirven las garantías que da la Constitución si en la práctica no sirven de nada?

El viejo Pablo Richard, murió en la misma casa donde vivió toda la vida. Muy anciano. En las tardes se sentaba en la puerta de su casa con su gorra francesa y su pipa. Hasta que se esfumó con el tiempo.

Esta crónica se la dedicó a los psico-indigentes que transitan por las calles, sin rumbo, con la mirada perdida. La gente se burla de ellos, los corren, les tiran piedras, les echan agua caliente. No saben que solamente son seres humanos enfermos que con el tratamiento adecuado se recuperan. Pero a nadie le importa, lo cogen a broma, a chanza.