Vivencias / El río, el agua y el alias

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Pedro Nuñez Centeno

Con el avance de la explotación e industrialización del petróleo en esta zona, al final de la dictadura perezjimenista, ya la empresa Mene Grande le suministraba agua potable a sus trabajadores en Campo Oficina y San Tomé; aquí en El Tigrito se comenzó en la construcción del acueducto después de la caída de la dictadura y en el gobierno de transición que presidía el Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto en un programa de ocupación llamado «Plan de Emergencia», era de imperiosa necesidad solucionar la carencia del preciado líquido, ya que el agua se obtenía construyendo aljibes, que por las características del terreno arenoso y la posibilidad cierta de obtener agua a poca profundidad dada la cercanía del nivel freático, se tenía la factibilidad requerida; sin embargo, estos aljibes presentaban el riesgo de desbarrancarse por lo frágil e inestabilidad del suelo arenoso, así sucedió en varias oportunidades sepultando a los constructores y causando letales consecuencias.


La mayoría de los habitantes usaban para el consumo diario agua del río, que en la distribución era vendida en camiones cisternas a razón de Bs 1,50 el pipote o tambor de 180 litros, que con una bomba y una manguera de tres pulgadas de diámetro llenaban los pipotes o tambores y en algunas ocasiones tanques de mayor capacidad construidos para tales fines, e igualmente se suministraban desde la calle lugar de estacionar el cisterna hasta el patio de las viviendas donde los residentes colocaban los tambores, uno o dos hombres, cada uno, con dos latas de agua en cada viaje a la vez, latas que utilizaban después de consumir el producto que contenían originalmente para la venta de aceite o manteca «La Campana» o «Los Tres Cochinitos» que tienen una capacidad de 15 litros; estas latas de agua tenían un valor de una locha cada una y con doce se llenaba un tambor, así concretaban el llenado.


Existían dos llenaderos que surtía a las cisternas.
Uno en Guara, una estación con bomba de succión, que servía como campamento vacacional, que los gringos utilizaban los fines de semana en reuniones sociales o campestres, porque contaba con todo lo necesario para ello, electricidad, recipientes para enfriar cerveza o depositar hielo, galpón techado con mobiliario metálico fijo para juegos de mesa, fogones y parrilleras, inclusive ganchos para colgar chinchorros. Esa bomba la operaba un empleado de la compañía y aunque el agua se suministraba gratis, el operario era medio retrechero, se la daba de importante, como es común en todos los jalabolas, además la distancia era inconveniente.
El otro llenadero estaba ubicado un poco más adelante de los que hoy es la urbanización El Mirador, se llegaba rápido y fácil por una trocha y prácticamente quedaba dentro del pueblo. Este lo administraba un margariteño que se estableció allí con su familia, su compañera y el hijo de ambos, en una humilde vivienda, un fundito con cría de gallinas y un sembradío de verduras y hortalizas que regaba con el agua que extraía del río a través de una bomba a gasolina, que luego diversificó el uso acondicionando una especie de embalse donde succionaba el agua requerida por los cisternas. Juan “Bullita», como era conocido el margariteño por su peculiar forma de hablar, gritona, alegre y bullanguera, pero raudo en el servicio. Los usuarios aguadores contaban que, el hijo de Juan “Bullita”, era un catire pelo colorao y de elevada estatura, pero mimao y flojo, que comía más que una escorfina; la mamá le preparaba de desayuno, una arepota acompañando a una ración más que suficiente para tres personas comelonas.


Con el peculiar acento del margariteño, su madre le llamaba: -Mijóoo, venga a engañá el estómago con este bocaíto.
Un día el hijo de Juan “Bullita” descubrió una «gracia» en el pozo lo que obligó a Juan a paralizar la actividad hasta tanto averiguara quien era el culpable del «atentado».


Dado que la gracia era pequeña, el hijo de Juan fue descartado porque suponían que la «gracia» debía ser proporcional a lo que comía ese bárbaro. Así las cosas, los indicios señalaban al último que llenó la cisterna antes del percance, que luego de aclarada la situación, los aguadores en protesta los declararon «personas no grata» y el inmediato despedido a los dos ayudantes culpables, al cómplice conocido como «Pata e’ queso» y al autor que desde ese día fue conocido con el remoquete de «Caga pozo».
Así fue el principio, donde el mayor consumo de agua en el pueblo, era con el lavado de ropa, de tal manera se presentaba la necesidad del agua para esos menesteres que para remediar tal situación se trasladaban al río y allí dentro y sobre piedras, troncos de moriche derribados, y otros materiales como tambores con láminas enderezadas, improvisan especie de bateas y con ingeniosos utensilios como pedazos de costillas de reses y jabón azul se convertían en extraordinarias lavadoras.


Esa parte del río era una constante ir y venir de señoras a lavar ropa, algunos venían con la familia completa, otras lavaban por encargo a diferentes familias, inclusive desde El Tigre recurrían asiduas lavanderas y su permanencia era casi todo el día, así que tal situación fue aprovechada para la venta de comidas como bollos rellenos, de maíz tierno, hallacas y de igual manera dulces caseros como buñuelos, catalinas, cagaleras, etc.
En una oportunidad los vendedores, muchachos al fin, se convidaron a jugar «virao», que consiste en virar o voltear una moneda (generalmente una locha), dándole un golpe con una piedra a un costado de la moneda.
Resulta que en la distracción del juego a uno de los vendedores le sustrajeron y comieron unas catalinas, al terminar el juego revisó y en el inventario observó el faltante de siete catalinas; comenzó a llorar y a pedir que le pagaran sus siete cucas, no hubo consuelo que aplacara su llanto, y desde ese día fue conocido como «El Siete Cucas», sobrenombre que también fue aludido a toda sus familiares directos.


De la situación de las lavanderas del río y la necesidad del agua, surgió un proyecto que luego se consolidó con la construcción de un lavadero público ubicado inmediatamente después de la estación de vigilancia entrando a El Tigrito por San Tomé, que luego cuando el agua suministrada por el acueducto fue suficiente, el lavadero bajó en su importancia, fue demolido y en su lugar se construyó la escuela conocida popularmente como escuela El Lavadero.
A todas éstas, lo trágico y lo irónico es que después de más de sesenta años de puesto en servicio el acueducto, hoy no contamos con ese servicio, se deterioró por completo, en El Tigrito de hoy, el agua está racionada a dos días a la semana en época de invierno y una vez cada quince días en verano, hay familias que tienen como hacerlo y volvieron al aljibe y otras que aprovechan las lluvias para almacenar el agua, por falta del cuido y del aseo, también volvió el paludismo y otras enfermedades que hace bastante tiempo habían sido erradicadas, ¿y el río?… Ay, el río, pobre río, ni la sombra de lo que fue, totalmente contaminado y casi seco, no hay ningún organismo que se ocupe de ello, abandono total. Como decía Oscar Yanes: «Así son las cosas».