A 59 años del Barcelonazo

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Juvenal León

 El 26 de junio se cumplieron 59 años del “Barcelonazo”. Este cuartelazo es el asomo del rosario de alzamientos esperados este día en las guarniciones militares de todo país, el cual fue diseñado en Caracas por el grupo de oficiales que pretendían alzarse con el poder. Este cuartelazo es consecuencia de las asonadas militares del 26 de julio y del 7 de septiembre de 1958, protagonizadas por el Ministro de la Defensa, general Jesús María Castro León, y los tenientes coroneles Ely Mendoza Méndez, Juan de Dios Moncada Vidal y el mayor Luis Alberto Vivas Ramírez, respectivamente. En busca del control del Gobierno, los militares descontentos decidieron centralizar las acciones subversivas en la capital anzoatiguense.

 El malestar creciente en las Fuerzas Armadas condujo a la oficialidad por los caminos de la conspiración. Este descontento comenzó a acumularse, después del 23 de enero de 1958. La llegada a Miraflores del doctor Enrique Tejera París, acompañando al señor Eugenio Mendoza, creó resquemores. En el Salón de los Espejos del Palacio Tejera París se sentó al lado de varios generales, y éstos extrañados le preguntaron quién era él, a lo que respondió que “representaba a Acción Democrática”. Todos los oficiales se vieron la cara asombrados porque no sabían ni qué era eso ni qué significaba, solamente un reflejo lejano de una organización clandestina.

Y como Rómulo Betancourt le había recomendado pedir café, “porque quien pide café en Miraflores y no se lo traen debe salir corriendo de allí”, él tuvo mejor suerte, no solamente le trajeron café sino le dispusieron una oficina de prensa para que la dirigiera. 

 La incomodidad castrense la agudiza el triunfo de Rómulo Betancourt, en las elecciones del 7 de diciembre de 1958. Cuando el Alto Mando Militar se reunió para analizar los resultados electorales, los comandantes de los componentes abultaron las simpatías de los oficiales a favor del Presidente Electo en 40%, cuando la verdad era el 80% de rechazo, porque el criterio marcial era que el nuevo mandatario representaba la Internacional Comunista. El vicealmirante Carlos Larrazábal señaló que “En 1959 hubo que hacer esfuerzos para contener a la oficialidad joven para que no tumbaran a Rómulo Betancourt, porque el espíritu unitario del 23 de enero no se produjo para instaurar la democracia, eso no es verdad, sino para tumbar el Gobierno que no es lo mismo”.

 En Anzoátegui comenzaron los golpistas a organizar el Golpe de Estado, y para coordinar las actividades designaron un Comité Regional insurreccional integrado por Miguel Clavier, Pedro Rafael Trías, José Rafael Álvarez, José Gregorio Sosa, Leonardo Chacín, Gabriel Jiménez, Narciso Rivas Mata, Juan Bautista Santamaría, Arturo Ceballos, José Germán Lander y Emilio Figueroa Velásquez, y además juramentaron comandos en Aragua de Barcelona, Anaco, Cantaura, El Tigre, Pariaguán, Puerto La Cruz, Onoto, Clarines, Puerto Píritu, y en casi todos los pueblos del estado.

 Los jefes regionales Miguel Clavier, Pedro Rafael Trías, y Emilio Figueroa, viajaron en mayo de 1961 a Caracas, Maracay y Puerto Cabello a realizar contactos, y a recibir instrucciones del Comando Nacional sobre las acciones a seguir, y en esa fecha decidieron el “26 de junio” como cita para el levantamiento armado.

 La granja “Boca Vieja” de Francisco Forzán Dáger, en el norte de la ciudad, se convirtió en el lugar común de reuniones de civiles y militares con la sublevación. Ahí decidieron los oficiales mayor Luis Alberto Vivas Ramírez, los capitanes Tesalio Murillo, Rubén Massó Perdomo ® y J. R. Olaizola ®, conjuntamente con el grupo de civiles de la región, a los que identificaron con una banda amarilla en el brazo, para que el capitán Tesalio Murillo se introdujera en el cuartel “Pedro María Freites” el 25 en la noche, las tropas acantonadas en el recinto castrense se incorporaron masivamente a la insurrección, y el lunes 26 de junio amanecieron sublevados.

 La acción subversiva la marcó la ambición y la desesperación de los personajes que habían sido desterrados del poder el 23 de enero de 1958, y esa obsesión los obcecó en la búsqueda del portillo histórico por donde introducirse a rescatar los privilegios y las prebendas políticas ausentadas de sus manos, por fuerza de los nuevos vientos democráticos.

 La noche más larga de Barcelona fue la que transcurrió del 25 al 26 de junio, los tanques y lo jeeps del Ejército no cesaron de moverse en toda la población, tomando prisioneros a los jerarcas del Gobierno de Rómulo Betancourt en la localidad, y a la dirigencia política defensora del sistema. El primer detenido fue el Gobernador, doctor Rafael Solórzano Bruce por el capitán Rubén Massó Perdomo, pero la inexperiencia de sus carceleros facilitó que el mandatario utilizara el teléfono directo con Miraflores para informar de los acontecimientos violentos que se avecindaban, ya que fue dejado preso en su residencia.

Los prisioneros, el Secretario General de Gobierno y el Director de Política, doctor Carlos Canache Mata y Efraín Landa Arroyal, respectivamente, son conducidos a las cuatro de la madrugada al cuartel; a las nueve de la mañana trajeron al Gobernador del estado, según el doctor Carlos Canache Mata: “Los golpistas pedían garantía al Gobierno Nacional para que no se realizara el anunciado bombardeo al cuartel”. Las otras comisiones destacadas tomaron la emisora de Radio Barcelona, el Aeropuerto, la policía, el Cuerpo de Bomberos, para consolidar la toma de Barcelona; pero olvidaron tomar Puerto La Cruz y el Comando de la Guardia Nacional.

El 26 de junio de 1961 amaneció la ciudad en estado de sitio. La curiosidad de algunos vecinos fue la causa de un balazo recibido en la frente, como el caso del turco Abraham desplomado en la puerta de su negocio en la calle Bolívar, el pánico y el terror sembrados por las constantes detonaciones de armas de fuegos, espantaron a los trabajadores y curiosos hacia sus hogares. Los hechos acaecidos en Barcelona se siguieron en Caracas gracias a una secretaria del Instituto Agrario Nacional, la que se ocupó de trasmitir con lujo de detalles los acontecimientos producidos en el acantonamiento, la que desde la ventana de su oficina observaba.

 La alocución de Rómulo Betancourt, fue terminante y dio plazo de diez minutos para que los alzados abandonaran la guarnición, de lo contrario procedería la Fuerza Área a bombardear a Barcelona. Este anunció obligó a los conspiradores salir del fortín, y los aviones que el Gobierno envió para rendir a los insurrectos, tres gamberras, en un santiamén recorrieron la geografía regional, exigiendo a los pobladores solidaridad a favor de la democracia y la Constitución Nacional.

 El movimiento Cívico Militar careció del apoyo esperado en cada una de las regiones del país. El compromiso asumido por los conjurados relegados por la democracia, no se manifestó en ninguna otra parte de Venezuela. El alzamiento quedó condenado al fracaso. El comandante Martín Parada comprometido a sobrevolar el territorio nacional en los aviones   B-25 para anunciar la adhesión al cuartelazo, no se produjo y cuando el reloj marcaba las diez de la mañana los implicados salieron de la guarnición, junto con muchos civiles.

 El frustrado apoyo a los comprometidos, ocasionó que los soldados y oficiales confederados contra el gobierno, retornaran al hilo constitucional y produjeron el contragolpe que lideró el subteniente Carrasquel. La oficialidad insurrecta fue detenida y desde la garita al grito de “Maten a los rebeldes”, ajustició a los indefensos civiles los que estaban sentados en un banco, los que no portaban ni una hojilla.

 En el viejo Hospital “Luis Razetti”, ubicado al lado de la plaza Bolívar de la ciudad, ingresaron destrozados a fusilazos y bayonetazos, los muertos Pedro Rafael Trías, Celestino Zapata, José Rafael Reyes, Ángel Custodio Martínez, Rosendo Rada Antonini, José Rafael Álvarez, Adolfo Martínez Irazábal, Armando Slino Ingrassia, Marcos Sosa Serritiello, Jesús Antonio “Tony” Páez, Miguel Clavier Mata, Narciso Rivas Mata, Antonio Rodríguez Olivo y José Germán Lander”, resumen de la dirigencia civil presente en ese lugar.

 La presencia del pueblo en los tributos fúnebres en cada uno de los sitios del estado, expresó el testimonio y la solidaridad muda en aquel último adiós a las víctimas de la carnicería humana, pues la presencia de personas desconocidas en esos velorios así lo aconsejaba.

 En el cuartel y en sus alrededores, detuvieron a los militares mayor ® Luis Alberto Vivas Ramírez, los capitanes Tesalio Murillo ®, José Gabriel Marín ®, Rubén Massó Perdomo ®, J. R. Olaizola ®, y los civiles Juan de Dios Reyes González, Julio Boada, Carlos Manuel Parra, Carlos Ramón Quijada, Alejandro Trías Rojas, Rafael Antonio “Tonoro” Rojas Trías, Roberto León, Rafael Torrealba, Rachid Valhis, Rafael Tobías Estanga, José Rafael Soto, José Vicente Trías, Manuel Martínez, Pedro de Jesús Bello, Rafael Vera, Rafael Simón Pérez, Danilo Méndez, Oscar Parés y Ernesto Aspúrua, los que fueron trasladados a Caracas para someterlos a juicio militar.

 Los allanamientos a las casas, y el encarcelamiento de los complotados con la asonada, se intensificaron por la necesidad del Gobierno de “garantizar el orden”. La DIGEPOL en esos días no cesó en la búsqueda de “los enemigos de la democracia” o cobrando por encargo viejas deudas.

 La nueva realidad de los venezolanos que habían decidido definitivamente convivir en libertad, fue el obstáculo empinado contra los que osaron desempolvar el viejo expediente del militarismo en Venezuela. La fuerza democrática opuesta a los antiguos métodos como se alcanzaba el poder en la Nación, va a ser garantía suficiente para conservar estos principios y defender la Constitución Nacional, recién sancionada por el Congreso Nacional el 23 de enero de 1961.

 Cuando brilló en el escenario político la estrella de la libertad y de la democracia, en el interior del reducto las tropas afectas al oficialismo impusieron el orden y la paz con el traqueteo de las ametralladoras que dispararon más de cinco mil balazos, y con las puntas de las bayonetas remataron a cuanto civil se encontraba herido en el interior de la guarnición, allí solamente cayó herido un soldado, mientras que las víctimas civiles sobrepasaban cualquier pronóstico.

 Los insurrectos que lograron salir con vida de ese holocausto, debieron saltar centenares de cadáveres tirados sobre un volcán de sangre regada en todo el patio, solamente comparable a la tragedia aragüeña del 18 de agosto de 1814 cuando las calles y la iglesia de Aragua de Barcelona fueron insuficiente para contener los muertos tirados en todos los espacios de la inmortal ciudad, asesinados por las ensangrentadas lanzas del sanguinario Francisco Tomás Morales.

 Retornada la tranquilidad, las autoridades triunfantes liberaron al Gobernador del Estado, a su Secretario General y al Director de Política Efraín Landa Arroyal, este último ingresó a la Clínica del doctor Domingo Guzmán Lander, con una herida en un pulmón, lugar en el que también estaban asilados los rebeldes.

 El regocijo expresado por el Gobernador a los reporteros presentes, resumió su fe en la democracia, pero aprovechó el momento para dejar en manos del joven Carlos Canache Mata para que fijara la posición oficial, éste actor político descargó su verbo con los sonados epítetos: “Muerte a los conspiradores” “Paredón de fusilamiento a los rebeldes”, hecho este que condenó al dirigente adeco a los murales y paredones del estado,  combinado con la aspiración milenaria de “Solo Cristo Salva”, tras de la cual la sabiduría popular agregaba una coma y luego escribía “ pero Canache Mata”.

 Los protagonistas de la revuelta capitán Tesalio Murillo y el teniente Elenis López Curra, difieren en su apreciación acerca del papel juzgado por el doctor Carlos Canache Mata dentro del fortificación, el primero señala que éste doctor no ha podido influir sobre militar alguno, porque estaba tirado en el suelo “muerto de miedo” y el segundo suma a la responsabilidad del doctor Canache Mata la cantidad de muertos civiles por haber ordenado el fusilamiento.

 Las banderas volvieron a flamear en el escenario de la Plaza Boyacá de Barcelona, lugar en donde hasta la campaña electoral de 1963 se realizaban los actos de masas. Los altisonantes discursos se dejaron oír para condenar la frustrada insurrección y para exaltar los valores democráticos sembrados en el corazón del pueblo venezolano.

 “El Barcelonazo” fue uno de tantos intentos que buscaba deponer al régimen, producidos entre 1958 y 1961 por la extrema derecha, el que fue seguido por “El Carupanazo”, 4 de mayo de 1962 y el “Porteñazo” un mes después, en este último  movimiento de fuerza se produjo un auténtico genocidio. Los muertos sobrepasaron las cuatrocientas víctimas. Allí se patentizó la división del país en anticomunistas y comunistas, y el Gobierno de Betancourt se consolidó y un buen número de oficiales contrarios al sistema los absorbió la guerrilla, en donde dispensaron entrenamientos a los noveles guerrilleros que captaba el combate revolucionario.

 La democracia asentó sus bases cuando la oficialidad joven comenzó a institucionalizarse y a convertirse en defensores de la democracia y de la Constitución Nacional, y en esa tónica como no deliberantes y subordinados al Poder Civil transcurrieron 32 años, hasta el 4 de febrero de 1992 cuando el grupo de soldados de la generación del “Samán de Güere”, violentaron la Constitución y el juramento a la patria, y asestaron el leñazo contra las instituciones legalmente constituidas.

 La Corte Marcial para emprender los juicios requería las Actas de defunciones de los caídos en el Barcelonazo. A este requerimiento los médicos del Hospital “Luis Razetti” se negaron extenderlas y firmarlas. El Alto Tribunal Militar llegó a buscar lo requerido y la oposición médica fue argumentada con la muestra de los uniformes ensangrentados, pero que no tenían perforación de bala alguna, los galenos consideraban que los habían vestidos de militares después de muertos.

* Cronista del municipio Libertad