Sudáfrica se proclama campeona del mundo de rugby en Japón

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Los ‘Springboks’ fueron netamente superiores a los ingleses y logran su tercer título

Nelson Mandela, donde quiera que esté, volvió a lucir ayer su inconfundible sonrisa y a ponerse la camiseta de los Springboks con el número 6. En 1995 lo hizo para hermanarse con el capitán afrikáner François Pinaar y unir a un país dividido por el apartheid, este sábado lo ha hecho para celebrar que por primera vez un capitán sudafricano negro, Siya Kolisi, levantó la copa de campeón del mundo. Un momento para la historia.

Hay veces que el deporte trasciende al deporte y se convierte en mucho más, no había más que ver las imágenes de negros y blancos abrazándose juntos en el césped del estadio de Yokohama, de parejas mixtas como la del propio Kolisi con Rachel Smith, y de decenas de miles de sudafricanos celebrando el tercer título mundial de los Springboks en Port Elizabeth, Johannesburgo, Durban o Ciudad del Cabo. El triunfo del 95, con Mandela de presidente cinco años después de haber salido de la cárcel, fue una plataforma para la reconstrucción de una sociedad traumatizada por la división racial, pero aprovechada sólo a medias como demuestran las actuales tensiones, la masiva corrupción política y la concentración de un 70% de la riqueza en un 10% de individuos, la gran mayoría blancos. El de este sábado es en cierto modo una segunda oportunidad, como lo sugiere el hecho de que el presidente Cyril Ramaphosa también luciera la emblemática camiseta con el número seis.

Los Springboks le dieron a Inglaterra la medicina que el equipo de la rosa le había suministrado una semana antes a los All Blacks, pero por partida doble, dominando el encuentro tanto a nivel físico como táctico, presionando constantemente al rival, placando de manera brutal. Sudáfrica ganó en los choques uno contra uno, en los lanzamientos de banda (dominados por el extraordinario segunda línea Eben Etzebeh), en la bota del medio apertura Handré Pollard, que metió seis balones entre palos, y sobre todo en la melé, donde obtuvo nada menos que cinco penaltis (un factor importante fue la lesión a los dos minutos del pilier Kyle Sinckler).

Sudáfrica celebra el triunfo ante Inglaterra. (AFP)

Sudáfrica salió en tromba, inspirada y combativa, como lo habían hecho los ingleses contra Nueva Zelanda, y en el minuto 1 pudo adelantarse en el marcador pero Pollard no atinó con el lanzamiento, el único fallo que cometió en todo el partido. Ello no desanimó a los sudafricanos, que poco a poco establecieron su superioridad. Son el equivalente en rugby del Atlético de Madrid, un equipo no necesariamente brillante pero muy sólido que aprovecha sus ocasiones.

El poder de Sudáfrica
Un ensayo del wing derecho Chelsin Kolbe y la conversión de Pollard (12-32), dejó una diferencia insalvable para Inglaterra

Al descanso se llegó con 12-6 para los futuros campeones, tras un intercambio de penaltis (cuatro de Pollard por dos de Farrell), y el entrenador inglés Eddie Jones optó por medidas extraordinarias para intentar equilibrar la melé, dando entrada primero a Kruis y luego a Marler, Cole, Lawes y Slade, sin que cambiara nada. A falta de veinte minutos Inglaterra seguía a remolque pero en el partido (18-12), cuando Makazole Mapimbi anotó un ensayo entre palos tras un pase perfecto de Am (25-12). Con todo casi decidido, Kolbe redondeó el marcador (32-12) con un contraataque mortal que acabó de romper el corazón de una Inglaterra que, en pleno fervor nacionalista del Brexit, ha recibido una cura de humildad. Jugó su final contra los All Blacks, pero la final de verdad ha sido este sábado.