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Otra vez el Caura

Otra vez el Caura

Parece que se hubiera retorcido para exprimir el zumo de las “memorias del tiempo” y deja correr su sangre como una sombra hasta llenar la tierra. Es un cuerpo negro, líquido, hermoso que se desplaza con un movimiento silencioso y pausado, perceptible sólo en la voz que suelta el agua cuando es forzada u oprimida por alguna fuerza superior a su velocidad y peso.

El río Caura es un sueño. Es una y muchas historias que se vienen acumulando en el cuenco de las arenas de la niñez que nunca terminan de desplazar su piel como tampoco termina la infancia de perseguir misterios e imaginaciones a lo largo de la vida.

 Cuentos. Muchos cuentos nos sorprendieron en los patios de la noche sobre relatos fantásticos del Caura. Venían de la palabra olorosa a estirpe y respeto que profundizaba a la luz mortecina de una lámpara de kerosén la voz del abuelo. Venían del viajero que remontaba los Altos del Quebradón, después de desafiar con su salud las amenazas del paludismo y la suerte salvaje y sabía de existencias silvestres. Venían del gusto y placer que produce a los niños escuchar la palabra de sus padres, mientras se espanta la plaga, esperando la hora de irse a dormir. Eran historias de río y  montaña, de fieras y hombres, de trabajos inhóspitos y árboles con espíritu de demonio y en pos de la anhelada riqueza.

Y tras un pez llamado payara que en la época que la creciente lo hace salir de la selva rebalsada, de los anegados chiribitales, de la sombría humedad de brisa caliente y zumbadoras plagas para abordar el caudal franco del río, fuimos al Caura. Fuimos al Caura batiendo aguas arriba las riberas de Orinoco, que sigue su destino abierto entre islas y silencios, entre gente que son sólo silueta, punto en el horizonte que apenas eleva  su lomo con las pequeñas olas de traje gris ciruela. Mucha agua. Ríos crecidos. Montes inmensos llenos de agua.  Conmovedoras las corrientes. Meten miedo a quien se sienta frágil sobre una pequeña embarcación de vieja madera.

Lo primero que impresiona, una y otra vez, al  transitar por la desembocadura del río Caura en el Orinoco, es el contraste que en el mapa acuático produce la diferencia de color de las aguas en una línea de juego de más de un kilómetro de paisaje. El Caura con su paño oscuro se ciñe al costado de Orinoco que lo recibe con remolinos de una fuerza imponente, asombrosa y estremecedora, hasta el ruido del motor fuera de borda asiente el empuje. Las espumas se deshacen y rehacen. Uno tras otro, el agua del Orinoco, turbia como un cielo de invierno, se deja manchar largo trecho, hasta que queda sólo un negro espinazo fluvial bajo el tránsito rumoroso de la embarcación, que sigue remontando el viaje bordeado de grandes árboles, hojas verdes y hojas amarillas, aguachinadas por efectos de la prolongada inundación, que mantiene las raíces hinchadas, ahogadas, sin transpirar a la luz del sol.

Muchas hojas y flores caen y la chamiza asoma sus carpios y matacarpios, su mano huesuda, sus costillas sin tela vegetal, su rostro de tejidos de palos y cuadros con pedazos de firmamento o algún rayo de selva al fondo. La viruta de la raijana sobresale como una cabellera tiesa. Franjas como pestañas viejas inundadas de lágrimas sucias, que entretejen su propio paisaje cerca de la orilla, sin distanciar mucho sus espacios, asemejando un varillar que sólo se mece para contar las burbujas que suelta la respiración del río en medio de la soledad tropical impresionante, que únicamente saben descifrar sin inmutarse, los pescadores, los agricultores y algunos aventureros de ese mundo maravilloso desconocido todavía para muchos de nosotros, que buscamos un barranco donde todo parece sepultado por un diluvio.

Sobre el río Caura, frente a su espejo de agua africana, el deseo de ser más selva, de ser más caudal humano, dejó aún intactas las historias y las fantasías. Mientras más navegamos, más queríamos. Un mundo maravilloso asaltado a veces por ráfagas de pánico. Es el embrujo de ese universo mágico, terrestre y cosmogónico que uno quiere llevar en algún pedazo de la memoria hasta la muerte.

carlossanos@gmail.com

Foto José González

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